La hoja en blanco

 

 

 

La hoja en blanco. El temido papel sin nada escrito en él. Mirándome, aguardando un derroche de imaginación que llene su espacio con pequeñas letrillas negras. La nada reflejada en un simple trozo de papel tamaño 8x10 pulgadas. La oportunidad de manifestar en él mis fantasías, mis mundos, mis personajes, mi frustración, mi amor… La encrucijada de la primera palabra, del primer párrafo que ha de formar una historia.


La página me ve sin parpadear. Me observa fijamente, no pierde detalle de mi confusión de ideas, ni siquiera pestañea ante la grandiosa posibilidad de formar parte de la historia o del bote de basura. No se mueve, esta quieta, atenta, simpática incluso. Yo la veo también. La hoja en blanco impone más que yo (eso es humillante). Una simple hojita que guarda enormes posibilidades en ella. Un suspiro que me acompaña a través de la ventana me indica que talvez, por esta ocasión se trate de un poema “un poema no es original” piensa la hoja desdichada. Estoy de acuerdo con ella, talvez no un poema. El silencio proveniente de la calle en este pleno amanecer en conjunto con el grito de una mujer al fondo del callejón dice que tal vez, esta vez, sea una novela

− ¿De suspenso? ¿En serio? ¡Sé más creativo!− me exige.

Me esforzaré más. ¡Lo tengo! Miro en el techo mi póster de El señor de los anillos y me imagino un mundo, sí, un mundo mágico y fantástico con extraños seres y tierras extraordinarias: un cuento.

− ¡No por favor! ¿Cuántas veces lo has intentado? Sólo serías una mala copia de ese libro que admiras −me reprime y agrega −no seas mediocre

Tiene toda la razón. ¿Un ensayo? Probablemente. Protesta también y hasta tiene el descaro de recomendarme que escriba un guión: − ¡Eso es! un guión cinematográfico de Hollywood que venda mucho…

Ni poema, ni novela, ni cuento, ni ensayo. Esta hoja me exige demasiado. Es muy ambiciosa para ser de un papel tan corriente. No me gusta que me vea así. Lo sigue haciendo ¡La desgraciada se cree superior! Es molesta, me revuelve el estómago con su frágil textura.

−Bien, así que no te gusta lo que escribo ¿Verdad? Y tú que me engañaste con tu risita hipócrita −le pregunto desafiándola y sacudiéndola −muy bien, espero que esto si te guste.

Entonces la tomo y la arrugo con odio entre mis pálidas manos aventándola por la ventana, lejos, tan lejos que cae en un charco de lodo después de ser apachurrada por las llantas de un automóvil. Saco otra hoja en blanco del paquete y la aplasto contra la ventana para que vea de lo que soy capaz. Una vez que el papel tiembla de miedo en mis manos, comienzo a escribir…

 

 

 

Copyright© 2005, Sandra Becerril Robledo, todos los derechos reservados.
Cuento incluido en antología "Antes que las letras se conviertan en arañas", finalista del catálogo de publicaciones (México, 2006), texto incluido en revista electrónica Letralia (Venezuela, 2007), Sonitus Noctis (México, 2005).

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Cadáver

 

 

Escucho la lluvia llorar estrellándose en mi ventana y a mis venas latir y quejarse por el flujo de odio que las contamina. Mis ojos hablan con la verdad que implica que mi espejo sangre mi imagen, que mis manos tiemblen ante este frío que las acompaña desde que nacieron como maldición aferrado a mis articulaciones que se rompen sin cesar frente a los ecos del pasado que no dejan vivir a un futuro que ruega lo respeten, lo dejen ser libre. Pero no puede, no pude ser libre. No debe de ser libre. No tiene el permiso de mis pulmones, ni estos tienen el aire que necesitan para vivir más que yo. Y miro las voces fluir de las bocas huecas y sin sentido que rodean estas letras que no existen sin existir por ti. Y espero un rastro de ingenuidad en tus sonrisas que lloran más que las carcajadas que da la vida frente a nosotros.

La ciudad se infecta como un gran cuerpo enfermo que está a punto de morir y nosotros, el virus, se expande devorando sus entrañas de acero. Mis dientes rechinan como sus carreteras con los peces de hierro que las ensucian, como las nubes que estrían el cielo manchándolo de terrible felicidad.

Me encierro en un libro, me cobijo con sus páginas, vivo en él para que nadie observe mi vivir. Y siento un escalofrío que juega con mi espalda molestándola como montaña rusa. Y mis pensamientos juegan en mi cabeza como parque de diversiones, enfermizo. Me cosquillea la oreja cuando hablas de mi a la distancia, lo sé porque lo sé, porque lo siento, porque así debe de ser aunque no sea en realidad.

Y escucho los molestos latidos que me rodean, como bombas tratando de que la vida llegue a su flujo sanguíneo, de que sus cabezas sean capaces de aludir este grito que se hunde en las marañas del presente. Y pienso y pienso y pienso. Y muero y muero y muero. Y cada vez que muero renazco convertida en mí. En este ser. En lo que soy. Lo que soy… soy estas letras que se suicidan cortándose la tinta con adjetivos mal usados, soy uno más en el nido de peces de acero que ruedan por las venas de la ciudad, soy un virus más que carcome los intestinos de este ser sangrante. Mucha sangre, mis manos entintadas con este líquido maloliente, de costra, palpita en él la venganza de un andar que no debió existir cerca de mi. Porque soy la tentación de un asesinato. Soy un cadáver más en este ataúd, en esa fosa común que ya es mía, mi hogar. Y desde aquí, mientras veo como los gusanos pican y escogen esta carne que me envolvió como regalo desde que nací, respiro el polvo que cubre la madera de este huevo que los vivos me asignaron como mi lecho eterno. Escucho las pisadas de ellos sobre mi, colocando estúpidas flores para recordarme, una lápida con un epitafio que dice mi nombre, quienes me recuerdan, fechas, fechas, fechas que odio, que no importan, que sufren conmigo, que me acompañan en una eternidad de latidos incesantes que no han de acabar nunca. Y oigo como se van… me dejan… me abandonan, derraman unas lágrimas sobre la lápida y huyen a seguir viviendo. Porque dicen que la vida sigue. Los he escuchado decir esta estúpida frase tantas veces que la sé de memoria y mi memoria recuerda cuando yo la decía también y reía y sí, la vida siguió y sigue aquí debajo, aunque más abajo de mi no hay nada más que rocas, polvo y más insectos ansiosos de carne fresca, de ojos, de lenguas que empaparon el sudor de otros cuerpos que también han de ser devorados sin piedad por los mismos insectos.

Y mientras un gusano termina de comer mi dedo meñique, abro los ojos, las cuencas disponibles que no tienen ya nada dentro. Y los espero, sonrío, porque tú también has de llegar hasta este punto, todos estarán aquí y entonces veremos que vida puede más y que vida es la que continúa viviendo.

 

 

 

Copyright© 2007, Sandra Becerril Robledo, todos los derechos reservados.
Cuento finalista del concurso internacional de terror psicológico "Espejo Roto" (España). Incluido en antología con el mismo nombre, editada por Editorial Jirones de Azul (España, 2007)

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Un malogrado intento de ser humano

 

 

 

-Hoy he estado reflexionando en la mejor forma de deshacerme de ti. Mi mente da vueltas y vueltas mientras pienso en tu horrible rostro. Me asquea la forma en la que masticas, salpicando con alimento a los demás. Me horroriza tu ojo derecho, más cerrado que el izquierdo; tu mirada: esos ojos que me ven, amenazan, regañan, intimidan. Nadie jamás me vio con esos ojos. Tu cabello me saca de quicio cuando el viento lo agita y se enreda en tus pequeñas, minúsculas orejas de las que cuelgan innumerables aretitos que suenan como campanitas entre ellos interrumpiendo mi silencio. Me choca cuando resoplas con la nariz ¡esa enorme y desgarbada nariz! O la forma en que caminas, moviendo tus escurridas caderas de un lado a otro, queriendo dar la falsa ilusión de sensualidad. Me fastidia tu risa hipócrita, hipócrita y plástica. Cuando ríes, pareces un maniquí mal formado, pareciera que tu cara fue pintada por un patético artista que deseaba plasmar un payaso con la sonrisa grande, grande. Me molestan tus manos cuando estás en la máquina de escribir y se mueven como pequeños pero largos tentáculos, rematando con tus uñas disparejas por la mugrienta costumbre de mordértelas como animal y luego escupirlas dónde sea. Eres un cerdo, un marrano, un malogrado intento de ser humano, un error de la naturaleza, un mediocre animal que ocupa espacio en este mundo por ocuparlo. No debiste haber nacido, de respirar ni de caminar, o al menos de salir a la calle para favorecernos a los demás con tu ausencia. Verte por ahí, no sólo ensucia el paisaje sino que lo contamina, lo ennegrece. Tu cara me hace tener ganas de vomitar en ella hasta mancharla toda como tú manchas mi vida con tus estupidísimos comentarios que salen de tu ponzoñosa boca, de tu garganta que parece de sapo, de un sapo viejo, gordo y feo.
>>No quiero verte más, escucharte menos ¡Quítate de mi vista! Exijo que te borres de mi camino tal y como tu propio padre te borró del suyo. ¿Entiendes lo que te digo? Ni siquiera el mismo te quiso, te desechó como pañal maloliente, te pateó el trasero hasta cansarse y tú ni siquiera te defendiste. Eres débil, frágil, enclenque, enfermizo y tardo. ¡Y todavía tienes el descaro de exhibirte ante mí! ¡Ante mi! Nunca debiste de haberlo hecho, porque te haré desaparecer, te romperé en mil pedazos; con estos puños atravesaré tu repugnante rostro hasta que sólo queden segmentos. Un ojo por aquí, otro por allá, la boca partida en dos, tu enorme frente dispersa en el suelo… te descuartizaré. Tu sangre me llenará de placer y podré disfrutarlo, tal y como tú te deleitas viviendo a costa mía. Te mataré ahora mismo.

            Entonces Javier se arma de valor y tomando vuelo estrella su puño derecho en el espejo que lo ha estado observando fijamente. Los cristales caen por el suelo y él los pisa hasta dejar sólo pequeñas astillas. Se ríe con su risa hipócrita y plástica. Satisfecho, se da la media vuelta moviendo sus escurridas caderas de un lado a otro. Casi cuando va a salir del baño jura escuchar que del pedazo de espejo en dónde se reflejaba su ponzoñosa boca, salen las siguientes palabras:  − ¡Tú estas peor que yo imbécil! A ver ahora quién proyecta tu horrible rostro. ¿Crees que me da mucho gusto reflejarte? ¡Pues no! A todos les asquea la forma en que masticas, salpicando con alimento a los demás. Les horroriza tu ojo izquierdo, más cerrado que el derecho, tu cabello los saca de quicio cuando el viento lo agita…

 

 

 

 

Copyright© 2006, Sandra Becerril Robledo, todos los derechos reservados.
Cuento incluido en el especial de CF de la revista Axxon (Argentina, 2006) representando a México.

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Johnny’s Love

 

 

Esta es la historia de Johnny.

Johnny Webster.

Es un capítulo de la vida de Johnny y su novia, la bella, tierna, talentosa, adorable y a la moda Barbie.

Johnny y Barbie tienen un amorío desde hace cuatro décadas. No se han casado ni piensan hacerlo (¡Cuatro décadas! Piensan las solteronas) Pues así es. Tampoco se irán a vivir juntos porque eso ya pasó de moda; ya no es nice ni cool. Probablemente emprendieron uno o dos viajes juntos a Plutón, al planeta más frío del sistema solar. Se calentaron tomándose de las manos y soplándose mutuamente su oxidado vaho en el rostro congelado. Si quedaba algo de tiempo después de ir de compras, se besaban en la frente… o en la boca (¡Ohhh!) No es para asustarse pues hace mucho tiempo los humanos se besaban en la boca, en la frente, en el cuello, más abajo ¡en todas partes! Sé que suena abominable pero así demostraban su afecto. Y más las mujeres ¡Oh las delicadas féminas! Incluso se dice en la historia antigua, que solían escribir poemas ¡Exacto! Poemas no de cualquier clase: Poemas cursis, con palabras entrelazadas que formaban metáforas para llorar al ser que se había ido o para endulzar el oído de la pareja.

Si esas personas hubiesen sido tan prácticas como lo somos ahora, probablemente nuestra civilización fuera más avanzada que la de nuestros contrincantes los odiados bluptoniathos (El odio es personal) Ellos sí que saben lo que es la modernidad, en cambio nosotros nos quedamos en la era de la cera. Es increíble que estando en pleno siglo XCV
 aun petrifiquemos a nuestros muertos. Sé que mi madre se ve exquisita (más que en vida) mientras está fosilizada en mi jardín. Aun conserva su mítica sonrisa y sus cabellos negros como antaño, pero es desesperante tener que llevarla a retoque cada dos años, pues el barniz se derrite con el sol y cada arreglo es una amenaza para mi economía.

El barniz que le inyectan a los cuerpos de las mujeres es de pésima calidad por lo que he decidido que para el próximo verano sacaré a mi padre del closet, le colocaré el traje aquel que le gustaba tanto y lo sentaré junto a mi abuela como si estuvieran conversando. El vecino hizo lo mismo con su hermano y se ve muy bien. Pensándolo bien, probablemente sacaré a toda la familia en invierno, a lo mejor hasta los disfrazo de angelitos… (La ropa se vende por separado)

Regresando al tema de Johnny y Barbie (no entiendo en que punto me desvié tanto) les comentaba que se besaron (tapen los oídos o los tres ojos a sus pequeños hijos para que no lean esto) se tomaron las manos enfrente de los ancianos y lo que es peor aún: Barbie, en medio de las compras de carne de niño y de los huevos artificiales de tortuga, le susurró a Johnny en el oído “Te quiero” ¡Así es! ¡Te quiero! Alguien me comentó que al robot de mostrador se le zafó el tornillo que conecta con su central por lo que se quemó; el anciano que volaba junto a ellos en su silla de anillos galáctica, perdió el control y se fue a estrellar contra un muro de criptonita; incluso un perro que sacó a pasear a su ama y escuchó la asquerosa frase, soltó la correa y la señora salió corriendo y ladrando hasta que el guardián de la paz la atrapó y le dio con un dardo sedante en la cabeza sacándole un ojo de vidrio que el perro le había puesto de adorno. Todo aquello fue instantáneo. A Johnny se le salieron las enormes gotas de sudor de plomo por todos los poros de su piel, agitó la cabeza nerviosamente y volteó a ver a Barbie, quien a su vez lo veía con ojos de cachorro afuera de una panadería de bisquets de calcio. ¡Se imaginan ustedes aquella escena!: Barbie por su lado, babeando por un extremo de la boca, mirándolo como estúpida y Johnny con los ojos desorbitados, observando como los labios de su novia (podrían ser free, pero eso también ya pasó de moda)se acercaban a sus oídos pronunciando la fatal frase.

Sólo le quedaba una cosa por hacer: Johnny sacó el garfio para emergencias de su saco confeccionado con la más cara y fina piel de rata callejera y se lo enterró en la encía (la de Barbie por supuesto). Los circuitos de su novia se desconectaron de inmediato pero como si no fuera suficiente, su aceite brotó por las comisuras de sus labios, por sus párpados, por la nariz y las puntiagudas orejas. Ese horrible, viscoso y rojo aceite que salpicó todas las tiendas virtuales que se hallaban alrededor.

Johnny fue condenado por haber provocado el amor. Aquel día lo conectaron a la máquina de barniz aun vivo y el líquido hirviendo llenó sus arterias, brotó de su cuerpo y se convirtió en un hermoso muñeco que ahora tengo adornando mi sala. Lo compré ayer en una subasta; no sabía si elegirlo a él o a la única copia que queda de un cd pirata. Me decidí por Johnny al escuchar su enternecedora historia. A Barbie la adquirí hoy por un módico precio. Los coloqué abrazados en posición de sillas. Hacen un bonito juego con la sala que mi padre me heredó, pero esa es otra historia…

 

 

 

Copyright© 2006, Sandra Becerril Robledo, todos los derechos reservados.
Cuento incluido en el especial de CF de la revista del mismo nombre (España, 2006.)

 

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La Venganza

 

Siempre me ha dado miedo la fotografía de la bisabuela que me mira con sus ojos amarillentos desde la chimenea. Cuando era pequeño me acercaba a gatas, y arrojaba el marco al fuego hasta que se consumiera. Al día siguiente siempre lo hallé en su lugar.

Ahora a la bisabuela le ha dado por regresar cada noche. Y cada día despierto como siempre en mi cama, lleno de cenizas.

 

 

 

 

Copyright© 2007, Sandra Becerril Robledo, todos los derechos reservados.
Minificción, primer lugar en concurso internacional de minificciones MiNatura (España, 2007).

 

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Mis demonios  La literatura no es mi hobbie, es mi pasión y mi mejor vicio...

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Cadáver

Un malogrado intento de ser humano

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La Venganza