Anteojos

 

Decidí salir de allí a toda prisa. Había pasado ya bastante tiempo y no llegaba nadie, ni siquiera tú.

Mientras caminaba por la calle buscando el automóvil pensaba cuántas veces había pasado por algo similar. Salí de casa hace más de 4 horas, conduje por el camino que sale de la ciudad hasta llegar a ese lugar: medio vacío, con muchos muebles viejos y una barra larga color marfil. Como había llegado bastante temprano pedí una cerveza y tarareaba la canción que estaba en el ambiente.

Cuando se espera de esa forma y la gente no aparece, la paciencia se va perdiendo poco a poco hasta que se convierte en una sensación que se parece un poco al odio pero quizá un poco más a las ganas de patearle la cabeza a alguien. Pero dejé en paz eso y seguí tarareando hasta que me terminé mi bebida y sólo me senté ahí, como un zombi.

Elvis se mueve en blanco y negro pidiendo a alguna chica que no conozco que no sea cruel y que no se aleje de él.

¿Cómo puede ser eso posible? ¿Cómo espera que no se aleje de él después de lo que le hizo? Pienso eso y simplemente dejo el vaso, pago el trago y salgo de allí a toda prisa.

Hace muchos años que uso anteojos. Desde muy chico. Al principio no me gustaba usarlos, eran armazones plásticos enormes y hacían ver mi cabeza gigantesca y eso no me gustaba. Pensaba todo el tiempo en lo que los demás niños podrían decir de mí. Ahora eso no me importa, estoy demasiado viejo, o al menos eso pienso, como para estarme preocupando por lo que los demás digan de mis anteojos.

Al salir de nuevo a la carretera conecto el iPod a la radio. Hace tiempo que quiero ponerle una vieja casetera pero no encuentro la manera de hacerlo. Me gusta la idea de escuchar música vieja desde un aparato de la misma antigüedad, ¿han tenido esos momentos en los que no importa que tengan más de 600 discos para elegir no tienen ganas ni ánimo para escuchar absolutamente ninguno? Me pasa eso muy seguido.

Hace varios años que no sé nada de ti, desde el día en que dijiste que venías en camino para visitarme. Siempre tan ocupada. No hay evento que se escape a tu agenda y como nunca me quejo, siempre dejas hasta el último venir a visitarme. Esta mañana cuando llamaste para avisar que por fin estabas en la ciudad y que podías verme te dije que no estaba de acuerdo en ser el comodín de los eventos sociales más importantes del siglo veintiuno. Al parecer no te gustó. No te pareció nada. Me alegro que no hayas llegado a tiempo, por eso me fui justo 15 minutos antes de la hora que dijiste que llegarías. ¿Sabes? Acabo de arrojar mi teléfono por la ventanilla, no quiero que las cinco letras que componen mi nombre vuelvan a escribirse y luego tacharse y volverse a redactar en tu pequeño aparato que también reproduce canciones. No más.

ZZ Top está sonando y yo me miro en el espejo retrovisor. Llevo la barba crecida de un par de semanas –Quisiera tenerla un día tan larga como esos tres – pienso, y cambio la velocidad para cambiar de carril. Muevo la cabeza al compás de la música y poco a poco te voy olvidando.
Me detengo al llegar a un cruce poco antes de entrar al fraccionamiento donde vivo, a mi alrededor hay muchos conductores que miran hacia todos lados dando la impresión de que los que estamos cerca somos fantasmas. Manoseo el iPod y pongo un disco de Queen, comienzo a tararear “I want to break free” y me río. Me miro al retrovisor otra vez y mi expresión ha cambiado, ahora estoy radiante y sumamente contento; el cabello me cubre la parte derecha del rostro hasta la boca. Tengo una sonrisa un poco malévola, como cuando has llegado a concretar un plan excelente, un camino que no puede fallar.

Oh how I want to be free baby

Antes de acelerar, al ponerse el semáforo en verde, volteo la cabeza hacía mi derecha donde veo un letrero que no recordaba haber visto antes. Al leerlo sentí como si el tiempo se detuviera y me sentí totalmente satisfecho, podía haber dado vuelta en otro lugar y simplemente tomar un camino diferente pero no lo hice. Sonreí de nuevo.

 

El letrero decía: "Desaparezca aquí". Yo lo miré por encima de mis anteojos y sonriendo, desaparecí.

 

 

 

Odeen Rocha.

 

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Odeen Rocha. Comunicador por la UNAM, ha participado en diversas antologías de Cuentos (Innombrable Fantasía, 2008; Vamp Fest, 2009; Antología Mexicana del Zombie, 2009; ¿Amor?, 2010). Lector empedernido y melómano nacido en 1980 en la Ciudad de México. Sus influencias litearias más importantes son Jack Kerouack, José Agustin, Breat Easton Ellis, Parménides García Saldaña, Hakuri Murakami. Actualmente se desempeña en la producción DVD para una compañía independiente como coordinador de producción y calidad y escribe para evitar la locura citadina. Su desayuno favorito es licuado de chocolate.

 

 

 

 

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Gatolleta

 

Había una vez un gran panadero que tenia la fama de hacer los panes mas increíbles del mundo, desde molinos de bolillo bañados de caramelo, hasta inmensos castillos hechos con donas. Un poderoso emperador de la china le pidió una vez que le fabricara con los panes mas dulces el zoológico mas hermoso de todos, claro que el panadero tardo un año entero fabricando jirafas y rinocerontes de pan dulce, monos, orangutanes de volovanes, al termino de ese tiempo el zoológico del emperador fue abierto al publico, pero como todos los animales se veían tan ricos el pueblo se los termino comiendo.

Aun con la fama, las riquezas que había acumulado, no había podido crear su obra maestra... Un pan viviente, una creación que le acompañara en su largo recorrido por la grandeza. Una noche tras haberse bebido varios litros de leche y tomado algunos panes con mantequilla, se le ocurrió una fantástica idea... GALLETAS, haría una criatura con galletas, ya que si se mojaba los trocitos de avena absorberían la humedad, las chispas de chocolate le darían la dulzura de una mascota, en vez de pelo soltaría moronitas, que serian mas fáciles de levantar.

Una hermosa Gatolleta fue el resultado de la mejor creación del famoso panadero, tan hermosa tan negra, como las galletas de chocolate, con unos grandes ojos de caramelo macizo verdes, bigotitos de azúcar glasé. La hermosa gatolleta era la gatita preferida de la cuadra, siendo que tenia que correr mucho por algunos mañosos que querían robarle aunque sea una mordidita, así que la gatita se convirtió en una adulta Gatolleta gracias a la prominente alimentación de leche y avena que le permitían crecer

En alguna noche de luna llena un maullido lejano llamo la atención de la tan querida mascota, y esta se fue por curiosidad. Algunos días pasaron y luego en semanas, el panadero estaba destrozado, dejando papeles de "Se Busca" incluso todo el vecindario se puso a buscarla, pero regresaban muy tristes a dar la mala noticia que no la habían encontrado. Pero casi todas las noches se escuchaban juntos los maullidos de dos gatos en la lejanía.

Eran días en que la panadería no abría y las creaciones también se deprimían junto con su creador, muy triste empezó a tomar leche fría con azúcar para endulzarse un poco la tarde o la noche hasta que se quedaba dormido. Sin su querida compañera no había forma de hornear algo nuevo.

Sin esperanzas de encontrarla el panadero caminaba sin rumbo por las calles de la ciudad, cuando de repente la gatolleta apareció de la nada ronroneando a su creador, loco de la alegría la abrazo y lloro mucho, le pregunto en donde estaba, pero como los gatos no hablan el lenguaje humano no pudo contestarle, pero de un salto ágil se alejo de el, para irse trotando pero volteando su cabeza de galleta y maullando, esperando a que el panadero la siguiera

En una panadería cerca del límite de la ciudad había una hermosa mujer que hacia unos panes espaciales, con azúcar que parecía traída de otro mundo. Al parecer ella había obtenido la sabiduría de unos panaderos, que vivían en la cima de una montaña. Había creado el primer satélite hecho de pan con azúcar espacial, nuestro panadero sabía quién era esta mujer, pero nunca se había atrevido a hablarle, por que tal vez sus panes no eran lo suficientemente sabrosos para conquistarla. Cerca de ella había un hermoso Gatolleta hecho de malvavisco con galleta, con ojos rojos de gomita, con bigotitos de canelita.

El panadero agradeció a la mujer el cuidado de su mascota, al parecer ella estaba intrigada como es que existía un gatolleta más hermoso que el suyo, así que cayó perdidamente enamorada de él. Regreso a su casa con su amada mascota y en silencio creó, creó y volvió a crear hasta haberse sentido satisfecho.

La gatolleta se iba de vez en cuando con su contraparte de malvavisco, el panadero utilizaba de excusa, ir por su creación para ofrecerle flores de pan y animalitos pequeños de galleta, tanto le declaraba su amor hacia la panadera que ella cedió, obviamente ambos estaban enamorados.

Los años pasaron y los panaderos se casaron, no había nadie en la ciudad ni en las ciudades vecinas que pudiera competir con la unión de las dos panaderías. Juntos hicieron un jardín colgante de hermosas flores vivientes de pan y algunos pájaros de membrillo, un zoológico gigantesco para los niños, una nave espacial hecha de una combinación de lo más nutritivo y fuerte para viajar a la luna. Sus gatolletas tuvieron hermosos gatolletitas, así se hicieron felices por siempre jamás.

 

 

 

Carlos Tornero Saldaña.

 

 


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Carlos Tornero Saldaña. Nacido el 30 de abril de 1984, estudió el diplomado de creacion literaria de SOGEM, actualmente estudia letras hispanicas en la UAM. Ha publicado en antologías como “¿Amor?” de Ediciones Shamra y próximamente publicará su primer libro de relatos.

 


 

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Marionette

 


¿Quieres que te cuente una historia? Cómo negarme a eso…

Hace muchos siglos atrás, mucho mas tiempo del que apenas llegaste a percibir alguna vez en tu corta vida, existían dos reinos; ahora ya olvidados pero famosos en su época. Las dos grandes tribus eran muy avanzadas en sus respectivos campos. Una de ellas tenía un vasto arsenal bélico con el que imponían sus ideales a todo el mundo conocido, la otra espiritualmente hablando tenia una religión que exaltaba a la naturaleza y se proveía de ella siendo casi independiente del  mundo entero, artesanos y creadores de las cosas más bellas que el humano podría alguna vez contemplar.

En ese tiempo sucedió algo muy triste, una de las princesas de la nación bélica se enamoro del sucesor del reino espiritual. El príncipe que solo tenia ojos para la artesana más habilidosa conocida como “Moldeadora de sueños”, no tenia interés en la propuesta de la princesa cuyo objetivo radicaba en el y solo el como posesión no como persona; ni las ofertas de riquezas o poder inimaginable movían al príncipe de su decisión.

La más grande de las bodas se irguió en el lugar de las artes inmaculadas, todo el reino se regocijo ante feliz unión de la artesana y el príncipe… aunque meses después la ahora reina cayó en una grave enfermedad que le arrebato la vida a ella y al pequeño que llevaba consigo. No obstante la artesana termino los planos de una hermosa marioneta que sentiría como uno más de sus súbditos, pero no pudo construirla. A veces cuando perdemos a alguien querido hacemos algunas estupideces y a veces el dolor es tan grande que te alejas de esta realidad y encuentras otro mundo dentro de ti mismo y eso le sucedió al príncipe.

Varios meses pasaron, la ciudad cubierta de cenizas por el taller en el que el príncipe trabajaba día y noche creando una obra maestra que su amada no había terminado. La proposición se hizo de nuevo desde el imperio bélico, sin reina ni sucesor la nación espiritual caería por su propio peso, así que el príncipe sin motivo aparente acepto tal unión.

Mucho tiempo después el nuevo rey termino su obra maestra, una marioneta con cada aspecto que tenía su antiguo amor, su rostro, su figura, incluso una conciencia imperfecta que le daba movilidad y razonamiento básico. La reina que tanto amaba a su nuevo rey lo mimaba en cada pequeño capricho que tuviera, nunca pudo conseguir un hijo de el.

La marioneta funcionaba en base a la fuerza espiritual natural del castillo, si ella lograba salir se apagaría inmediatamente. Ya que el amor de la reina no era correspondido como ella deseaba ambos vivían en sus respectivos castillos, de vez en cuando ella lo visitaba, pero no soportaba la presencia de la marioneta. Aunque esta pudiera cantar y tocar cualquier instrumento o recitar con una melodiosa voz un sin fin de poemas, no parecía agradarle a la reina. Por celos y en secreto mientras el rey dormía, modificaciones ligeras al principio y otras mas complejas después fueron hechas en su cuerpo, sin tocar el exterior para que el rey no sospechara.

Como la muñeca no entendía entre su razonamiento y un programa a seguir, estaba siempre en un vaivén entre el “programa” y su “conciencia” pero sin traicionar nunca la voluntad de su amado creador ya que sus órdenes eran absolutas e inquebrantables. Así la marioneta fue evolucionando de una simple muñeca de entretenimiento a una perfecta combinación de ambos mundos.

En una fiesta de palacio por el feliz 5to aniversario de la pareja real, la festejada olvido que no era buena con la bebida fermentada. Oh desgracia al ser ella misma la que a la muñeca cuenta la verdad y solo la verdad de lo sucedido, pobre reina que su propia conciencia traiciono al ver la marioneta como la “moldeadora de sueños”. La muñeca a su vez grabo en su ser las palabras e imágenes de la reina en cuanto empezó a hablar sobre una mujer que ella no conocía.

Cuando la marioneta termino de oír aquella cruda verdad, su generador tuvo un salto y su energía tuvo una fluctuación muy grande. Se perdió en el lugar mas alto del castillo, de ahí mirando el cielo nocturno y el satélite artificial reflejando la luz de un sol ausente. Se llamaría Zephyrit, como el amor de su creador. Cuando llego a los aposentos del rey se acostó lentamente al lado de su amo y creador, durmió por muchas horas, modificando el “programa” para nunca separarse de su dueño.

Al darse cuenta de su estúpido error la reina se oculto en un lugar secreto dentro de la tierra en su reino. Por el terror de que la muñeca dijera la verdad de lo sucedido, se declaro la separación de la unión entre los reyes. La noticia llego a oídos del rey pero el no le daba mucha importancia, su máxima creación estaba con el y nada mas importaba. Llegaron los soldados del otro reino, la guerra estallo y muchas personas murieron, el seguía contemplando la belleza de su creación. Al llegar a palacio los soldados enemigos para matar al rey, la muñeca que no conocía la violencia se interpuso entre ellos y su amado dueño. Las balas no penetraban su piel, las hojas de sus espadas se doblaban con su mirada, los cuerpos eran fácilmente destrozados por sus manos, Zephyrit vivía con su propia conciencia.

El rey tristemente observo a su creación convertida en un arma letal, lloro y le pregunto quien le había hecho eso y quien le había otorgado semejante violencia. Sin mas reparo le contó acerca de las modificaciones que se hicieron a su cuerpo, el por que la reina no soportaba su presencia. Ya que la reina había mandado a un súbdito suyo a envenenar a la reina y a su hijo no nacido y dejarles morir como si hubiera sido una enfermedad. A veces cuando perdemos a alguien querido hacemos algunas estupideces y a veces el dolor es tan grande que te alejas de esta realidad y encuentras otro mundo dentro de ti mismo y eso le sucedió al rey.

Fue entonces que el gran árbol de la vida eterna fue abierto en sus raíces para cuidar al rey en su sueño, la piedra del forjador fue puesta en la marioneta Zephyrit, proveyéndola de vida eterna, Æther fue puesto también en su cuerpo para que nunca se deteriorara y si alguna vez fuera lastimada pudiera regenerarse a si misma. Una simple y llana orden fue dada desde labios del rey antes de dormir; “Mata a cada uno de los del reino bélico, a la reina y a todos sus descendientes. Cuando termines regresa a mi lado y despiértame por favor”

Han pasado mas de tres mil años, falta muy poco para terminar mi misión. ¿Sabes? Tu familia entera esta muerta arriba, cada uno en sus aposentos, yo estoy algo cansada de seguirles la pista a cada uno de ustedes del reino olvidado de Nhymer. Eres el ultimo que queda, te preguntaras el por que tu hermana no esta muerta, lamento decirte que tu madre no fue muy buena con tu padre. He visto arder una nación entera con fuego que no se apaga, he visto incontables caras en mi viaje, ninguna de ellas me da el confort que me da el rostro de mi amado dueño, miles de personas han muerto en mis manos y no hay descanso por que se reproducen muy rápido aparte de que  es difícil saber donde están. Pero ahora eres el último y puedo ir con mi rey, puedo terminar esta historia con las primeras gotas de sangre que derramaras. ¿Sabes? Tuve que hacer algunas modificaciones en todo este tiempo, no recuerdo como era antes de empezar, estoy algo preocupada por que no se si mi dueño me reconozca, bueno el sabrá que hacer. Buenas noches Rinh hijo de Arthed que fue el descendiente directo del que habrá iniciado esta absurda historia.

 

 

 

Carlos Tornero Saldaña.

 

 

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Carlos Tornero Saldaña. Nacido el 30 de abril de 1984, estudió el diplomado de creacion literaria de SOGEM, actualmente estudia letras hispanicas en la UAM. Ha publicado en antologías como “¿Amor?” de Ediciones Shamra y próximamente publicará su primer libro de relatos.

 

 

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Anhelo Secreto

 

 

Para mi anhelo secreto:

No eres más que átomos, partículas como todo el universo, mi razón de existir, mi único anhelo secreto.
Hace tiempo pensé en quitarme la vida de forma intempestiva pero nunca tuve las agallas, ahora te tengo a ti: mi motivo para esperar. Cuando me dieron la noticia me emocioné tanto que casi lloro ante la mirada indiferente de los doctores, caminé a casa y pensé en todos los momentos que me habían hecho sentir miserable, en todas las decepciones y en todos mis intentos nulos por llamar la atención de la gente que me rodea, ahora que coexistimos en el mismo cuerpo estoy más que conciente de que valió la pena esperar.


A pesar de los mareos y las molestias te incubo idealizando un futuro no muy lejano.


Puedo sentirte, creo que puedo escucharte y entiendo la forma en que te desarrollas, ahora ya casi no puedo caminar, estoy en cama la mayor parte del tiempo, ¿y sabes qué? no me importa porque desde hace tiempo te espero.


Debo admitir que siempre tuve miedo al suicidio, a lastimarme a ver la sangre escurrir por mis brazos, a quedar con vida después de caer seis pisos y sentir cada uno de mis huesos rotos, a la paraplejia, al infierno donde van las personas como yo que no están conformes con esta vida; pero ahora que Dios te ha enviado confío en que yo me iré como un mártir. Amo todo lo que representas en todo lo que me he convertido en función a ti, amo morir poco a poco a la vista de todos carcomiéndome fingiendo estar luchando por seguir adelante fingiendo quebrarme cuando me han dicho que has invadido todo mi cuerpo, amo no tener que matarme yo mismo, para eso estas tú, mi tumor, mi anhelo secreto.

 

El ser más solitario.

 

 

 

Sid García.

 

 

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Sid García. Se desarrolla como músico y actor. Ha participado en diversas lecturas dramatizadas; su fuerte son los cuentos cortos con tono oscuro, tiene dos personalidades: de día oficinista, de noche estrella punk en ascenso. Esta carta fue incluída en la antología “Amor” de Ediciones Shamra, 2010.

 

 

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Confesión

 

 

Con la intención de lograr su comprensión envío a usted el presente documento narrándole los hechos tal y como sucedieron de modo que sea usted capaz de mirar mi caso desde la perspectiva de un servidor y entenderá de esta manera lo inevitable que fue todo.

Alicia y yo nos conocimos en Abril hace dos años, fue amor a primera vista, al menos para mi, pues ella tuvo que esperar algunos meses para darse cuenta. Nuestro amor comenzó como deben comenzar todos los grandes romances: con un beso al atardecer y un poco de polvo en su café, dejando que nuestras ropas cayeran al tiempo que caía el sol.

A la mañana siguiente le mostré la sinceridad de mi amor: hermosos y cromados grilletes en cada uno de sus tobillos, la cadena que la unía a la cama era larga para demostrarle la confianza que tenia en ella, ¡Demonios! Si casi llegaba hasta la puerta, las paredes de su recamara eran a prueba de ruidos para que no se distrajera con el mundano ruido de fondo de nuestra ciudad, la ventana fue cuidadosamente tapiada para dejarla dormir tanto como ella quisiera sin que el sol la despertara de su sueño; tanto era el amor que sentía por ella en ese entonces que incluso accedí a participar en sus juegos sexuales, a ella siempre le gustaba jugar a la victima y fingir que le desagradaba para obligarme a tomarla por la fuerz. Soy un hombre romántico, sensible y usted entenderá que esas actitudes no están en mi naturaleza, sin embargo lo hacia sólo para darle gusto, pues ella se negaba rotundamente a tener relaciones conmigo si no era de esa manera.

Pero claro, como es obvio imaginar: nuestra relación debía evolucionar, no podíamos quedarnos estancados en ese punto, queríamos ir mas allá, ¡Siempre lo quisimos! Por eso no es ninguna sorpresa que al decirle que deseaba ser padre me premiara con la mas dura y violenta resistencia durante nuestra noche de pasión. Lo que sí fue sorprendente (e incluso sonrío ahora al imaginar la expresión que usted tendrá al enterarse) es que aprovechando mi sueño ella haya intentado salir de la casa dejándome solo allí, -Quería darle las buenas noticias a mi familia- dijo ella, pero en ese momento mi corazón estaba roto. Admito que fui descortés, admito que llegue un poco mas allá de lo que ella misma me habría permitido, pero aun así me parece exagerada la reacción de su familia ante mis actos, pues yo sólo quise respetar sus deseos y dejarles saber las noticias. El hecho de enviar a sus padres solamente la cabeza de mi amada se debió a que no tenia una caja donde cupiera ella completa.

Ahora que usted, señor juez, esta al tanto de las circunstancias y hechos que condujeron a la situación en la que me encuentro seguramente comprenderá y accederá a una sencilla petición que tengo y es…… Siendo yo el único que sabe donde se encuentra el resto de mi amada, ¿Podría usted enviar por ella a alguien de su confianza y ayudarme con los trámites para que ella venga a visitarme? Le recuerdo que ella y yo planeamos ser padres.

Sinceramente agradecido por su tiempo, comprensión y todo aquello que haga usted a favor de mi y su hija Alicia para pronto hacerlo abuelo.

Interno 58692

 

 

 

Oliver García González

 

 

 

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Oliver García González. Nació, a muy temprana edad como lo hace todo mundo. Alguien en su familia tuvo la ocurrencia de enseñarle a hablar y desde entonces no ha parado de hacerlo. Publicista y mercadólogo de carrera, aficionado a cualquier cosa que le de un medio de expresión, ha hecho una gran variedad de cosas desde fotografía, hasta vender poemas a sus amigos en San Valentín sin que nunca nadie se percatara de los acrósticos profanos que en ellos introdujo.
Esta carta fue incluída en la antología “Amor” de Ediciones Shamra, 2010.


 

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Cenicero

 


Amada Alas:
Había días en que envidiaba a ese cigarro que nacía en tu mano y moría en tu boca; hoy pronuncié tu nombre setenta veces y lo escupí en las cenizas. Traigo la garganta irritada, las encías sangrantes y los pulmones llenos de cáncer: todo momento contigo, significó la firma de mi condena de muerte.


Y vengo con el paso cansado, los pies y las manos cuarteados como lodo seco, el tono de mi piel es grisáceo, mis ojos de un blanco hueso, el cabello cenizo, los labios marchitos: cada beso que me diste succionó mi vida arrebatándome poco a poco el alma, hasta que el cuerpo quedó consumido como ese cigarro que apagas a la mitad y lo sacudes contra el cenicero; o como cuando lo dejas caer al suelo y con tu pie acabas con su existencia.


Me miré al espejo después de fumarme tres cigarros de lágrimas, mi reflejo me echó el humo a mi cara, burlándose de mí, imitando mi pena en forma sátira. En ese momento sentí cómo tronaban mis huesos: se oía similar al sonido que produce el tabaco que se quema cuando lo respiras, que es parecido al crujir de las ramas otoñales cuando un niño pasa corriendo elevando un cometa.


Esta noche me siento desesperado, fumando incesante, me quiebro, me rompo y me psicotizo y sólo quiero salir como humo por la ventana, acomodarme en el interior de tu cuerpo, que me inhales y exhales al compás de la caída de las gotas de sudor que tantas veces vio caer la luna. Pero el viento de invierno me recuerda que estoy solo; y me revuelvo, me envuelvo y me revuelco en el tiempo que tardo en encender otro cigarro.


Pierdo espacio, pierdo conciencia, me vuelvo un sueño… me vuelvo nada. Como cuando tras llenar el cenicero de colillas, las tiras a la basura y vuelve a quedar vacío sobre la mesa.


No soporto más el ruido de tu risa que rebota en las paredes, tampoco aguanto las imágenes que se difuminan frente a mí, mientras te vas uniendo a mi olvido, mientras te guardo en el cajón de mi buró de todos los fracasos que he tenido, o apagar en el cenicero la historia que es narrada por el eco de tus pláticas interminables de tu vida y de los versos que escribí en tu memoria al ritmo del movimiento de la luz de las velas.


Esta madrugada necesito tirarme a la cama para dormir y despertar en un sueño donde nunca hayas sido inventada a la luz del fuego del amor. Estas últimas horas antes de que amanezca necesito quitarme la ropa para morir congelado una vez que te haya expulsado de mi mente, de mi cuerpo… arrojaré toda caricia, cada palabra de promesa y juramento por donde el “siempre te amaré” suena tan corto y tan liviano como la llama de un cerillo que es encendido en la profundidad de una caverna.


Es tan temprano… y tan tarde a la vez… El cielo se aclara, las nubes se tiñen naranjas, el café vespertino deja salir ya sus primeros aromas… similares a tu olor mezclado de tabaco y café que se desprendía de tu piel, que emanaba de tu boca, donde probé por primera vez el sabor añejado del alquitrán y la cafeína… tan amargo tu sabor como tu ausencia.

 

Atentamente,
Sr. Raleigh

 

 

 

 

 

Set Salazar

 

 

 

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Set Salazar. Oriundo de los siete mares, de la era de nuestro Señor, conocido por saquear barcos españoles y tener la marca de cigarros en la lengua; Set Salazar, es una creación de tu imaginación de un sueño que aún no pasa al inconsciente para que te enteres de su fama. Esta carta fue incluída en la antología “¿Amor?” de Ediciones Shamra, 2010.


 

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Arabia

 

La calle North Richmond, por ser un callejón sin salida, era una calle callada, excepto en la hora en que la escuela de los Hermanos Cristianos soltaba a sus alumnos. Al fondo del callejón había una casa de dos pisos deshabitada y separada de sus vecinas por su terreno cuadrado. Las otras casas de la calle, conscientes de las familias decentes que vivían en ellas, se miraban unas a otras con imperturbables caras pardas.


El inquilino anterior de nuestra casa, sacerdote él, había muerto en la saleta interior. El aire, de tiempo atrás enclaustrado, permanecía estancado en toda la casa, y el cuarto de desahogo detrás de la cocina estaba atiborrado de viejos papeles inservibles. Entre ellos encontré muchos libros forrados en papel, con sus páginas dobladas y húmedas: El abate, de Walter Scott; La devota comunicante y Las memorias de Vidocq. Me gustaba más este último porque sus páginas eran amarillas. El jardín silvestre detrás de la casa tenía un manzano en el medio y unos cuantos arbustos desparramados, debajo de uno de los cuales encontré una bomba de bicicleta oxidada que perteneció al difunto. Era un cura caritativo; en su testamento dejó todo su dinero para obras pías, y los muebles de la casa, a su hermana.


Cuando llegaron los cortos días de invierno oscurecía antes de que hubiéramos acabado de comer. Cuando nos reuníamos en la calle, ya las casas se habían hecho sombrías. El pedazo de cielo sobre nuestra cabezas era de un color violeta fluctuante y las luces de la calle dirigían hacia allá sus débiles focos. El aire frío mordía, pero jugábamos hasta que nuestros cuerpos relucían. Nuestros gritos hacían eco en la calle silenciosa. Nuestra carreras nos llevaban por entre los oscuros callejones fangosos detrás de las casas, donde pasábamos bajo la baqueta de las salvajes tribus de las chozas hasta los portillos de los oscuros jardines escurridizos en que se levantaban tufos de los cenizales, y los oscuros, olorosos establos donde un cochero peinaba y alisaba el pelo a su caballo o sacaba música de arneses y de estribos. Cuando regresábamos a nuestra calle, ya las luces de las cocinas bañaban el lugar. Si veíamos a mi tío doblando la esquina, nos escondíamos en la oscuridad hasta que entraba en la casa. O si la hermana de Mangan salía a la puerta llamando a su hermano para el té, desde nuestra oscuridad la veíamos oteando calle arriba y calle abajo. Aguardábamos todos hasta ver si se quedaba o entraba, y si se quedaba dejábamos nuestro escondite y, resignados, caminábamos hasta el quicio de la casa de Mangan. Allí nos esperaba ella, su cuerpo recortado contra la luz que salía de la puerta entreabierta. Su hermano siempre se burlaba de ella antes de hacerle caso, y yo me quedaba junto a la reja a mirarla. Al moverse ella, su vestido bailaba con su cuerpo y echaba a un lado y otro su trenza sedosa.


Todas las mañanas me tiraba al suelo de la sala delantera para vigilar su puerta. Para que no me viera bajaba las cortinas a una pulgada del marco. Cuando salía a la puerta mi corazón daba un vuelco. Corría al pasillo, agarraba mis libros y le caía atrás. Procuraba tener siempre a la vista su cuerpo moreno, y cuando llegábamos cerca del sitio donde nuestro camino se bifurcaba, apretaba yo el paso y la alcanzaba. Esto ocurría un día tras otro. Nunca había hablado con ella, si exceptuamos esas pocas palabras de ocasión; sin embargo, su nombre era como un reclamo para mi sangre alocada.


Su imagen me acompañaba hasta los sitios más hostiles al amor. Cuando mi tía iba al mercado los sábados por la tarde, yo tenía que ir con ella para ayudarla a cargar los mandados. Caminábamos por calles bulliciosas hostigados por borrachos y baratilleros, entre las maldiciones de los trabajadores, las agudas letanías de los pregoneros que hacían guardia junto a los barriles de mejillas de cerdo, el tono nasal de los cantantes callejeros que entonaban un oigan esto todos sobre O’Donovan Rossa o la balada sobre los líos de la tierra natal. Tales ruidos confluían en una única sensación de vida para mí: me imaginaba que llevaba mi cáliz a salvo por entre una turba enemiga. Por momentos su nombre venía a mis labios en extrañas plegarias y súplicas que ni yo mismo entendía. Mis ojos se llenaban de lágrimas a menudo (sin poder decir por qué) y a veces el corazón se me salía por la boca. Pensaba poco en el futuro. No sabía si llegaría o no a hablarle, y si le hablaba, cómo le iba a comunicar mi confusa adoración. Pero mi cuerpo era un arpa y sus palabras y sus gestos eran como los dedos que recorrieran mis cuerdas.


Una noche me fui a la saleta en que había muerto el cura. Era una noche oscura y lluviosa y no se oía un ruido en la casa. Por uno de los vidrios rotos oía la lluvia hostigando al mundo: las finas, incesantes agujas de agua jugando en sus camas húmedas. Una lámpara distante o una ventana alumbrada resplandecía allá abajo. Agradecí que pudiera ver tan poco. Todos mis sentidos parecían querer echar un velo sobre sí mismos, y sintiendo que estaba a punto de perderlos, junté las palmas de mis manos y las apreté tanto que temblaron, y musité: ¡Oh, amor! ¡Oh, amor!, muchas veces.


Finalmente, habló conmigo. Cuando se dirigió a mí, sus primeras palabras fueron tan confusas que no supe qué responder. Me pregunto si iría a la "Arabia". No recuerdo si respondí que sí o que no. Iba a ser una feria fabulosa, dijo ella; le encantaría a ella ir.


-¿Y por qué no puedes ir? -le pregunté.


Mientras hablaba daba vueltas y más vueltas a un brazalete de plata en su muñeca. No podía ir, dijo, porque había retiro esa semana en el convento. Su hermano y otros muchachos peleaban por una gorra y me quedé solo recostado a la reja. Se agarró a uno de los hierros inclinando hacia mí la cabeza. La luz de la lámpara frente a nuestra puerta destacaba la blanca curva de su cuello, le iluminaba el pelo que reposaba allí y, descendiendo, daba sobre su mano en la reja. Caía por un lado de su vestido y cogía el blanco borde de su falda, que se hacía visible al pararse descuidada.


-Te vas a divertir -dijo.
-Si voy -le dije-, te traeré alguna cosa.


¡Cuántas incontables locuras malgastaron mis sueños, despierto o dormido, después de aquella noche! Quise borrar los días de tedio por venir. Le cogí rabia al estudio. Por la noche en mi cuarto y por el día en el aula su imagen se interponía entre la página que quería leer y yo. Las sílabas de la palabra Arabia acudían a través del silencio en que mi alma se regalaba para atraparme con su embrujo oriental. Pedí permiso para ir a la feria el sábado por la noche. Mi tía se quedó sorprendidísima y dijo que esperaba que no fuera una cosa de los masones. Pude contestar muy pocas preguntas en clase. Vi la cara del maestro pasar de la amabilidad a la dureza; dijo que confiaba en que yo no estuviera de holgorio. No lograba reunir mis pensamientos. No tenía ninguna paciencia con el lado serio de la vida que ahora se interponía entre mi deseo y yo, y me parecía juego de niños, feo y monótono juego de niños.
El sábado por la mañana le recordé a mi tío que deseaba ir a la feria esa noche. Estaba atareado con el estante del pasillo buscando el cepillo de su sombrero, y me respondió, agrio:


-Está bien, muchacho, ya lo sé.


Como él estaba en el pasillo no podía entrar en la sala y apostarme en la ventana. Dejé la casa de mal humor y caminé lentamente hacia la escuela. El aire era implacablemente crudo, y el ánimo me abandonó.


Cuando volví a casa para la cena mi tío aún no había regresado. Pero todavía era temprano. Me senté frente al reloj por un rato, y cuando su tictac empezó a irritarme me fui del cuarto. Subí a los altos. Los cuartos de arriba, fríos, vacíos, lóbregos, me aliviaron y fui de cuarto en cuarto cantando. Desde la ventana del frente vi a mis compañeros jugando en la calle. Sus gritos me llegaron indistintos y apagados; recostando mi cabeza contra el frío cristal, miré la casa a oscuras en que ella vivía. Debí estar parado allí cerca de una hora, sin ver nada más que la figura morena proyectada por mi imaginación, retocada discretamente por la luz de la lámpara en el cuello curvo y en la mano sobre la reja y en el borde del vestido.


Cuando bajé las escaleras de nuevo me encontré a la señora Mercer sentada al fuego. Era una vieja hablantina, viuda de un prestamista, que coleccionaba sellos para una de sus obras pías. Tuve que soportar todos esos chismes de la hora del té. La comelata se prolongó más de una hora, y todavía mi tío no llegaba. La señora Mercer se puso de pie para irse: sentía no poder esperar un poco más, pero eran más de las ocho y no le gustaba andar por fuera tarde, ya que el sereno le hacía daño. Cuando se fue empecé a pasearme por el cuarto, apretando los puños. Mi tía me dijo:
-Me temo que tendrás que posponer tu feria para otra noche del Señor.


A las nueve oí el llavín de mi tío en la puerta de la calle. Lo oí hablando solo y oí el crujir del estante del pasillo cuando recibió el peso de su sobretodo. Sabía interpretar estos signos. Cuando iba por la mitad de la cena le pedí que me diera dinero para ir a la feria. Se le había olvidado.


-Ya todo el mundo está en la cama y en su segundo sueño -me dijo.
No sonreí. Mi tía le dijo, enérgica:


-¿No puedes acabar de darle el dinero y dejarlo que se vaya? Bastante lo hiciste esperar.
Mi tío dijo que sentía mucho haberse olvidado. Dijo que él creía en ese viejo dicho: Mucho estudio y poco juego hacen a Juan un majadero. Me preguntó que a dónde iba yo y cuando se lo dije por segunda vez, me preguntó que si no conocía Un árabe dice adiós a su corcel. Cuando salía de la cocina se preparaba a recitar a mi tía los primeros versos del poema.


Apreté el florín bien en la mano mientras iba por la calle Buckingham hacia la estación. La vista de las calles llenas de gentes de compras y bañadas en luz de gas me hizo recordar el propósito de mi viaje. Me senté en un vagón de tercera de un tren vacío. Después de una demora intolerable, el tren salió lento de la estación y se arrastró cuesta arriba entre casas en ruinas y sobre el río rutilante. En la estación de Westland Row la multitud se apelotonaba a las puertas del vagón; pero los conductores la rechazaron diciendo que éste era un tren especial a la feria. Seguí solo en el vagón vacío. En unos minutos el tren arrimó a una improvisada plataforma de madera. Bajé a la calle y vi en la iluminada esfera de un reloj que eran las diez menos diez. Frente a mí había un edificio que mostraba el mágico nombre.


No pude encontrar ninguna de las entradas de seis peniques, y, temiendo que hubieran cerrado, pasé rápido por el torniquete, dándole un chelín a un portero de aspecto cansado. Me encontré dentro de un salón cortado a la mitad por una galería. Casi todos los estanquillos estaban cerrados y la mayor parte del salón estaba a oscuras. Reconocí ese silencio que se hace en las iglesias después del servicio. Caminé hasta el centro de la feria tímidamente. Unas pocas gentes se reunían alrededor de los estanquillos que aún estaban abiertos. Delante de una cortina, sobre la que aparecían escritas las palabras Café Chantant con lámparas de colores, dos hombres contaban dinero dentro de un cepillo. Oí cómo caían las monedas.


Recordando con cuánta dificultad logré venir, fui hacia uno de los estanquillos y examiné las vasijas de porcelana y los juegos de té floreados. A la puerta del estanquillo una jovencita hablaba y reía con dos jóvenes. Me di cuenta de que tenían acento inglés y escuché vagamente la conversación.


-¡Oh, nunca dije tal cosa!
-¡Oh sí!
-¡Oh no!
-¿No fue eso lo que dijo ella?
-Sí. Yo la oí.
-Oh, pero qué... ¡embustero!


Viéndome, la jovencita vino a preguntarme si quería comprar algo. Su tono de voz no era alentador; parecía haberse dirigido a mí por sentido del deber. Miré humildemente los grandes jarrones colocados como mamelucos a los lados de la oscura entrada al estanquillo y murmuré:
-No, gracias.
La jovencita cambió de posición una de las vasijas y regresó a sus amigos.


Empezaron a hablar del mismo asunto. Una que otra vez la jovencita me echó una mirada por encima del hombro.
Me quedé un rato junto al estanquillo -aunque sabía que quedarme allí era inútil- para hacer parecer más real mi interés por la loza. Luego me di vuelta lentamente y caminé por el centro del bazar. Dejé caer los dos peniques junto a mis seis en el bolsillo. Oí una voz gritando desde un extremo de la galería que iban a apagar las luces. La parte superior del salón estaba completamente a oscuras ya.

Levantando la vista hacia lo oscuro, me vi como una criatura manipulada y puesta en ridículo por la vanidad, y mis ojos ardieron de angustia y de rabia.

 

 

 

James Joyce

 

 

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Eveline

 

 

Sentada ante la ventana, miraba cómo la noche invadía la avenida. Su cabeza se apoyaba contra las cortinas de la ventana, y tenía en la nariz el olor de la polvorienta cretona. Estaba sentada.


Pasaba poca gente: el hombre de la última casa pasó rumbo a su hogar, oyó el repiqueteo de sus pasos en el pavimento de hormigón y luego los oyó crujir sobre el sendero de grava que se extendía frente a las nuevas casas rojas. Antes había allí un campo, en el que ellos acostumbraban jugar con otros niños. Después, un hombre de Belfast compró el campo y construyó casas en él: casas de ladrillos brillantes y techos relucientes, y no pequeñas y oscuras como las otras. Los niños de la avenida solían jugar juntos en aquel campo; los Devine, los Water, los Dunn, el pequeño lisiado Keogh, ella, sus hermanos y hermanas. Sin embargo, Ernest jamás jugaba: era demasiado grande. Su padre solía echarlos del campo con su bastón de ciruelo silvestre; pero por lo general el pequeño Keogh era quien montaba guardia y avisaba cuando el padre se acercaba. Pese a todo, parecían haber sido bastante felices en aquella época. Su padre no era tan malo entonces, y, además, su madre vivía. Hacía mucho tiempo de aquello. Ella, sus hermanos y hermanas se habían transformado en adultos; la madre había muerto. Tizzie Dunn había muerto también, y los Water regresaron a Inglaterra. Todo cambia. Ahora ella se aprestaba a irse también, a dejar su hogar.
¡Su hogar! Miró a su alrededor, repasando todos los objetos familiares que durante tantos años había limpiado de polvo una vez por semana, mientras se preguntaba de dónde provendría tanto polvo. Tal vez no volvería a ver todos aquellos objetos familiares, de los cuales jamás hubiera supuesto verse separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca había averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la pared, sobre el viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de las promesas hechas a la beata Margaret Mary Alacoque. El sacerdote había sido compañero de colegio de su padre. Cada vez que éste mostraba la fotografía a su visitante, agregaba de paso:


-En la actualidad está en Melbourne.
Ella había consentido en partir, en dejar su hogar. ¿Era prudente? Trató de sopesar todas las implicaciones de la pregunta. De una u otra forma, en su hogar tenía techo y comida, y la gente a quien había conocido durante toda su existencia. Por supuesto que tenía que trabajar mucho, tanto en la casa como en su empleo. ¿Qué dirían de ella en la tienda, cuando supieran que se había ido con un hombre? Pensarían tal vez que era una tonta, y su lugar sería cubierto por medio de un anuncio. La señorita Gavan se alegraría. Siempre le había tenido un poco de tirria y lo había demostrado en especial cuando alguien escuchaba.
-Señorita Hill, ¿no ve que estas damas están esperando?
-Muéstrese despierta, señorita Hill, por favor.
No lloraría mucho por tener que dejar la tienda.


Pero en su nuevo hogar, en un país lejano y desconocido, no sería así. Luego se casaría; ella, Eveline. Entonces la gente la miraría con respeto. No sería tratada como lo había sido su madre. Aún ahora, y aunque ya tenía más de 19 años, a veces se sentía en peligro ante la violencia de su padre. Ella sabía que eso era lo que le había producido palpitaciones. Mientras fueron niños, su padre nunca la maltrató, como acostumbraba a hacerlo con Harry y Ernest, porque era una niña; pero después había comenzado a amenazarla y a decir que se ocupaba de ella sólo por el recuerdo de su madre. Y en el presente ella no tenía quién la protegiera: Ernest había muerto, y Harry, que se dedicaba a decorar iglesias, estaba casi siempre en algún punto distante del país. Además, las invariables disputas por dinero de los sábados por la noche comenzaban a fastidiarla sobre manera. Ella siempre aportaba todas sus entradas -siete chelines- y Harry enviaba sin falta lo que podía; el problema era obtener algo de su padre. Éste la acusaba de malgastar el dinero, decía que no tenía cabeza y que no le daría el dinero que había ganado con dificultad para que ella lo tirara por las calles; y muchas otras cosas, porque generalmente él se portaba muy mal los sábados por la noche. Terminaba por darle el dinero y preguntarle si no pensaba hacer las compras para el almuerzo del domingo. Entonces ella debía salir corriendo para hacer las compras, mientras sujetaba con fuerza su bolso negro abriéndose paso entre la multitud, para luego regresar a casa tarde y agobiada bajo su carga de provisiones. Le había dado mucho trabajo atender la casa y hacer que los dos niños que habían sido dejados a su cuidado fueran a la escuela regularmente y comieran con la misma regularidad. Era un trabajo pesado -una vida dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no le parecía ésa una vida del todo indeseable.


Iba a ensayar otra vida; Frank era muy bueno; viril y generoso. Ella se iría con él en el barco de la noche, para ser su mujer y para vivir juntos en Buenos Aires, donde él tenía un hogar que aguardaba. Recordaba muy bien la primera vez que lo había visto; había alquilado una habitación en una casa de la calle principal; y ella solía hacer frecuentes visitas a la familia que vivía allí. Parecía que hubieran transcurrido sólo pocas semanas. Él estaba en la puerta de la verja, con su gorra de visera echada sobre la nuca, y el pelo le caía sobre el rostro bronceado. Así se conocieron. Él acostumbraba encontrarla a la salida de la tienda todas las tardes, y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La Niña Bohemia, y ella se sintió endiosada al sentarse junto a él en las butacas más caras del teatro. Él tenía gran afición por la música y cantaba bastante bien. La gente sabía que estaban en relaciones y, cuando él cantaba la canción de la muchacha que ama a un marino, ella se sentía siempre agradablemente confusa. Él, en broma, la llamaba “Poppens” (amapola). Al principio, para ella resultó emocionante tener un amigo, y luego él comenzó a gustarle. Conocía relatos de países distantes. había comenzado como grumete por una libra mensual en un barco de la Altan Lines que iba al Canadá. Le nombró los barcos en los que había trabajado y enumeró las diversas compañías. Había navegado a través del estrecho de Magallanes, y relató anécdotas de los terribles indios patagones; tuvo suerte en Buenos Aires, dijo, y sólo había vuelto a su patria para pasar las vacaciones. Naturalmente, el padre de ella se enteró, y le prohibió, terminantemente, continuar tales relaciones.
-Conozco a esos marineros... -dijo.


Un día, su padre discutió con Frank, y después de eso ella tuvo que encontrarse en secreto con su enamorado.
La tarde se oscurecía en la avenida. La blancura de las dos cartas que tenía sobre el regazo se iba desvaneciendo. Una de las cartas era para Harry. Su padre había envejecido últimamente, según había notado; la extrañaría. A veces se portaba muy bien. No hacía mucho, una vez que ella debió permanecer en cama durante un día, él le había leído en voz alta una historia de fantasmas y le había preparado tostadas sobre el fuego. Otro día, cuando su madre aún vivía, fueron a merendar a la colina de Howth. Recordaba a su padre poniéndose el sombrero de la madre para hacer reír a los niños.


El tiempo transcurría, pero ella continuaba sentada junto a la ventana con la cabeza apoyada en la cortina, aspirando el olor de la polvorienta cretona. Lejos, en la avenida, podía oír un organillo callejero. Conocía la melodía. Era extraño que justo esa noche volviera para recordarle la promesa hecha a su madre: la de atender la casa mientras pudiera. Recordó la última noche de enfermedad de su madre; estaba en el cerrado y oscuro cuarto situado del otro lado del vestíbulo, y había oído afuera una melancólica canción italiana. Dieron al organillo seis peniques para que se alejara. Recordó la exclamación de su padre, cuando volvió al cuarto de la enferma.
-¡Malditos italianos! ¡Ni siquiera aquí nos dejan en paz!
Mientras meditaba, la lastimosa visión de la vida de su madre trazaba una huella en la esencia misma de su propio ser; aquella vida de sacrificios intrascendentes que desembocó en la locura final. Se estremeció mientras oía otra vez la voz de su madre repitiendo una y otra vez, con estúpida insistencia, las voces irlandesas:
-¡Derevaun Seraun! ¡Derevaun Seraun!
Se puso de pie con súbito impulso de terror. ¡Escapar, debía escapar! Frank la salvaría. Él le daría vida, tal vez amor también. Pero deseaba vivir. ¿Por qué había de ser desgraciada? Tenía derecho a ser feliz. Frank la tomaría en sus brazos, la estrecharía en sus brazos. La salvaría.


***


Estaba en medio de la movediza multitud, en el muelle del North Wall. Él la tenía de la mano, y ella sabía que él le hablaba, que le decía con insistencia algo acerca del pasaje. El muelle estaba lleno de soldados con mochilas pardas. A través de las abiertas puertas de los galpones, entrevió la masa negra del barco, inmóvil junto al muelle y con los ojos de buey iluminados. No respondió. Sentía sus mejillas pálidas y frías y, desde un abismo de angustia, rogaba a Dios que la guiara, que le señalara su deber. El barco lanzó una larga pitada fúnebre en la niebla. Si se iba, mañana estaría en el mar, con Frank, rumbo a Buenos Aires. Sus pasajes habían sido reservados. ¿Podía volverse atrás, después de todo lo que Frank había hecho por ella? La angustia le produjo náuseas, y siguió moviendo los labios en silenciosa y ferviente plegaria. Sonó una campana, que le estremeció el corazón. Sintió que él la tomaba de la mano.
-¡Ven!
Todos los mares del mundo se agitaron alrededor de su corazón. Él la conducía hacia ellos, la ahogaría. Se tomó con ambas manos de la verja de hierro.
-¡Ven!
¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron al hierro, frenéticamente. Desde el medio de los mares que agitaban su corazón, lanzó un grito de angustia.
-¡Eveline! ¡Evy!

Él se precipitó detrás de la barrera y le gritó que lo siguiera. La gente le chilló para que él continuara caminando, pero Frank seguía llamándola. Ella volvió su pálida cara hacia él, pasiva, como animal desamparado. Sus ojos no le dieron ningún signo de amor, ni de adiós, ni de reconocimiento.

 

 

James Joyce

 

 

 

 

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Un triste caso

 

 

El señor James Duffy residía en Chapelizod porque quería vivir lo más lejos posible de la capital de que era ciudadano y porque encontraba todos los otros suburbios de Dublín mezquinos, modernos y pretenciosos. Vivía en una casa vieja y sombría y desde su ventana podía ver la destilería abandonada y, más arriba, el río poco profundo en que se fundó Dublín. Las altivas paredes de su habitación sin alfombras se veían libres de cuadros. Había comprado él mismo las piezas del mobiliario: una cama de hierro negro, un lavamanos de hierro, cuatro sillas de junco, un perchero-ropero, una arqueta, carbonera, un guardafuegos con sus atizadores y una mesa cuadrada sobre la que había un escritorio doble. En un nicho había hecho un librero con anaqueles de pino blanco. La cama estaba tendida con sábanas blancas y cubierta a los pies por una colcha escarlata y negra. Un espejito de mano colgaba sobre el lavamanos y durante el día una lámpara de pantalla blanca era el único adorno de la chimenea. Los libros en los anaqueles blancos estaban arreglados por su peso, de abajo arriba. En el anaquel más bajo estaban las obras completas de Wordsworth y en un extremo del estante de arriba había un ejemplar del Catecismo de Maynooth cosido a la tapa de una libreta escolar. Sobre el escritorio tenía siempre material para escribir. En el escritorio reposaba el manuscrito de una traducción de Michael Kramer de Hauptmann, con las acotaciones escénicas en tinta púrpura y una resma de papel cogida por un alfiler de cobre. Escribía una frase en estas hojas de cuando en cuando y, en un momento irónico, pegó el recorte de un anuncio de Píldoras de Bilis en la primera hoja. Al levantar la tapa del escritorio se escapaba de él una fragancia tenue -el olor a lápices de cedro nuevos o de un pomo de goma o de una manzana muy madura que dejara allí olvidada.


El señor Duffy aborrecía todo lo que participara del desorden mental o físico. Un médico medieval lo habría tildado de saturnino. Su cara, que era el libro abierto de su vida, tenía el tinte cobrizo de las calles de Dublín. En su cabeza larga y bastante grande crecía un pelo seco y negro y un bigote leonado que no cubría del todo una boca nada amable. Sus pómulos le daban a su cara un aire duro; pero no había nada duro en sus ojos que, mirando el mundo por debajo de unas cejas leoninas, daban la impresión de un hombre siempre dispuesto a saludar en el prójimo un instinto redimible pero decepcionado a menudo. Vivía a cierta distancia de su cuerpo, observando sus propios actos con mirada furtiva y escéptica. Poseía un extraño hábito autobiográfico que lo llevaba a componer mentalmente una breve oración sobre sí mismo, con el sujeto en tercera persona y el predicado en tiempo pretérito. Nunca daba limosnas y caminaba erguido, llevando un robusto bastón de avellano.


Fue durante años cajero de un banco privado de la Calle Baggot. Cada mañana venía desde Chapelizod en tranvía. A mediodía iba a Dan Burke a almorzar: una botella grande de láguer y una bandejita llena de bizcochos de arrorruz. Quedaba libre a las cuatro. Comía en una casa de comidas en la Calle George donde se sentía a salvo de la compañía de la dorada juventud dublinesa y donde había una cierta honestidad rústica en cuanto a la cuenta. Pasaba las noches sentado al piano de su casera o recorriendo los suburbios. Su amor por la música de Mozart lo llevaba a veces a la ópera o a un concierto: eran éstas las únicas liviandades en su vida.


No tenía colegas ni amigos ni religión ni credo. Vivía su vida espiritual sin comunión con el prójimo, visitando a los parientes por Navidad y acompañando el cortejo si morían. Llevaba a cabo estos dos deberes sociales en honor a la dignidad ancestral, pero no concedía nada más a las convenciones que rigen la vida en común. Se permitía creer que, dadas ciertas circunstancias, podría llegar a robar en su banco, pero, como estas circunstancias nunca se dieron, su vida se extendía uniforme -una historia exenta de peripecias.


Una noche se halló sentado junto a dos señoras en la Rotunda. La sala, en silencio y apenas concurrida, auguraba un rotundo fracaso. La señora sentada a su lado echó una mirada en redondo, una o dos veces, y después dijo:
-¡Qué pena que haya tan pobre entrada esta noche! Es tan duro tener que cantar a las butacas vacías.
Entendió él que dicha observación lo invitaba a conversar. Se sorprendió de que ella pareciera tan poco embarazada. Mientras hablaba trató de fijarla en la memoria. Cuando supo que la joven sentada al otro lado era su hija, juzgó que ella debía de ser un año menor que él o algo así. Su cara, que debió de ser hermosa, era aún inteligente: un rostro ovalado de facciones decisivas. Los ojos eran azul oscuro y firmes. Su mirada comenzaba con una nota de desafío pero, confundida por lo que parecía un deliberado extravío de la pupila en el iris, reveló momentáneamente un temperamento de gran sensibilidad. La pupila se enderezó rápida, la naturaleza a medias revelada cayó bajo el influjo de la prudencia, y su chaqueta de astracán, que modelaba un busto un tanto pleno, acentuó definitivamente la nota desafiante.


La encontró unas semanas más tarde en un concierto en Earlsfort Terrace y aprovechó el momento en que la hija estaba distraída para intimar. Ella aludió una o dos veces a su esposo, pero su tono no era como para convertir la mención en aviso. Se llamaba la señora Sinico. El tatarabuelo de su esposo había venido de Leghom. Su esposo era capitán de un buque mercante que hacía la travesía entre Dublín y Holanda; y no tenían más que una hija.
Al encontrarla casualmente por tercera vez halló valor para concertar una cita. Ella fue. Fue éste el primero de muchos encuentros; se veían siempre por las noches y escogían para pasear las calles más calladas. Al señor Duffy, sin embargo, le repugnaba la clandestinidad y, al advertir que estaban condenados a verse siempre furtivamente, la obligó a que lo invitara a su casa. El capitán Sinico propiciaba tales visitas, pensando que estaba en juego la mano de su hija. Había eliminado aquél a su esposa tan francamente de su elenco de placeres que no sospechaba que alguien pudiera interesarse en ella. Como el esposo estaba a menudo de viaje y la hija salía a dar lecciones de música, el señor Duffy tuvo muchísimas ocasiones de disfrutar la compañía de la dama. Ninguno de los dos había tenido antes una aventura y no parecían conscientes de ninguna incongruencia. Poco a poco sus pensamientos se ligaron a los de ella. Le prestaba libros, la proveía de ideas, compartía con ella su vida intelectual. Ella era todo oídos.


En ocasiones, como retribución a sus teorías, ella le confiaba datos sobre su vida. Con solicitud casi maternal ella lo urgió a que le abriera su naturaleza de par en par; se volvió su confesora. Él le contó que había asistido en un tiempo a los mítines de un grupo socialista irlandés, donde se sintió como una figura única en medio de una falange de obreros sobrios, en una buhardilla alumbrada con gran ineficacia por un candil. Cuando el grupo se dividió en tres células, cada una en su buhardilla y con un líder, dejó de asistir a aquellas reuniones. Las discusiones de los obreros, le dijo, eran muy timoratas; el interés que prestaban a las cuestiones salariales, desmedido. Opinaba que se trataba de ásperos realistas que se sentían agraviados por una precisión producto de un ocio que estaba fuera de su alcance. No era probable, le dijo, que ocurriera una revolución social en Dublín en siglos.


Ella le preguntó que por qué no escribía lo que pensaba. Para qué, le preguntó él, con cuidado desdén. ¿Para competir con fraseólogos incapaces de pensar consecutivamente por sesenta segundos? ¿Para someterse a la crítica de una burguesía obtusa, que confiaba su moral a la policía y sus bellas artes a un empresario?
Iba a menudo a su chalecito en las afueras de Dublín y a menudo pasaban la tarde solos. Poco a poco, según se trenzaban sus pensamientos, hablaban de asuntos menos remotos. La compañía de ella era como un clima cálido para una planta exótica. Muchas veces ella dejó que la oscuridad los envolviera, absteniéndose de encender la lámpara. El discreto cuarto a oscuras, el aislamiento, la música que aún vibraba en sus oídos, los unía. Esta unión lo exaltaba, limaba las asperezas de su carácter, hacía emotiva su vida intelectual. A veces se sorprendía oyendo el sonido de su voz. Pensó que a sus ojos debía él alcanzar una estatura angelical; y, al juntar más y más a su persona la naturaleza fervorosa de su acompañante, escuchó aquella extraña voz impersonal que reconocía como propia, insistiendo en la soledad del alma, incurable. Es imposible la entrega, decía la voz: uno se pertenece a sí mismo. El final de esos discursos fue que una noche durante la cual ella había mostrado los signos de una excitación desusada, la señora Sinico le cogió una mano apasionadamente y la apretó contra su mejilla.


El señor Duffy se sorprendió mucho. La interpretación que ella había dado a sus palabras lo desilusionó. Dejó de visitarla durante una semana; luego, le escribió una carta pidiéndole encontrarse. Como él no deseaba que su última entrevista se viera perturbada por la influencia del confesionario en ruinas, se encontraron en una pastelería cerca de Parkgate. El tiempo era de aterido otoño, pero a pesar del frío vagaron por los senderos del parque cerca de tres horas. Acordaron romper la comunión: todo lazo, dijo él, es una atadura dolorosa. Cuando salieron del parque caminaron en silencio hacia el tranvía; pero aquí empezó ella a temblar tan violentamente que, temiendo él otro colapso de su parte, le dijo rápido adiós y la dejó. Unos días más tarde recibió un paquete que contenía sus libros y su música.


Pasaron cuatro años. El señor Duffy retornó a su vida habitual. Su cuarto era todavía testigo de su mente metódica. Unas partituras nuevas colmaban los atriles en el cuarto de abajo y en los anaqueles había dos obras de Nietzsche: Así hablaba Zaratustra y La Gaya Ciencia. Muy raras veces escribía en la pila de papeles que reposaba en su escritorio. Una de sus sentencias, escrita dos meses después de la última entrevista con la señora Sinico, decía: El amor entre hombre y hombre es imposible porque no debe haber comercio sexual, y la amistad entre hombre y mujer es imposible porque debe haber comercio sexual. Se mantuvo alejado de los conciertos por miedo a encontrarse con ella. Su padre murió; el socio menor del banco se retiró. Y todavía iba cada mañana a la ciudad en tranvía y cada tarde caminaba de regreso de la ciudad a la casa, después de comer con moderación en la Calle George y de leer un vespertino como postre.


Una noche, cuando estaba a punto de echarse a la boca una porción de cecina y coles, su mano se detuvo. Sus ojos se fijaron en un párrafo del diario que había recostado a la jarra del agua. Volvió a colocar el bocado en el plato y leyó el párrafo atentamente. Luego, bebió un vaso de agua, echó el plato a un lado, dobló el periódico colocándolo entre sus codos y leyó el párrafo una y otra vez. La col comenzó a depositar una fría grasa blancuzca en el plato. La muchacha vino a preguntarle si su comida no estaba bien cocida. Él respondió que estaba muy buena y comió unos pocos bocados con dificultad. Luego, pagó la cuenta y salió.


Caminó rápido en el crepúsculo de noviembre, su robusto bastón de avellano golpeando el suelo con regularidad, el borde amarillento del informativo Mail atisbando desde un bolsillo lateral de su ajustada chaqueta-sobretodo. En el solitario camino de Parkgate a Chapelizod aflojó el paso. Su bastón golpeaba el suelo menos enfático y su respiración irregular, casi con sonido de suspiros, se condensaba en el aire invernal. Cuando llegó a su casa subió enseguida a su cuarto y, sacando el diario del bolsillo, leyó el párrafo de nuevo a la mortecina luz de la ventana. No leyó en voz alta, sino moviendo los labios como hace el sacerdote cuando lee la secreta. He aquí el párrafo:
MUERE UNA SEÑORA EN LA ESTACIÓN DE SYDNEY PARADE

Un Triste Caso
En el Hospital Municipal de Dublín, el fiscal forense auxiliar (por ausencia del señor Leverett) llevó a cabo hoy una encuesta sobre la muerte de la señora Emily Sinico, de cuarenta y tres años de edad, quien resultara muerta en la estación de Sydney Parade ayer noche. La evidencia arrojó que al intentar cruzar la vía, la desaparecida fue derribada por la locomotora del tren de Kingston (el correo de las diez), sufriendo heridas de consideración en la cabeza y en el costado derecho, a consecuencia de las cuales hubo de fallecer.
El motorista, James Lennon, declaró que es empleado de los ferrocarriles desde hace quince años. Al oír él pito del guardavías, puso el tren en marcha, pero uno o dos segundos después tuvo que aplicar los frenos en respuesta a unos alaridos. El tren iba despacio.


El maletero P. Dunne declaró que el tren estaba a punto de arrancar cuando observó a una mujer que intentaba cruzar la vía férrea. Corrió hacia ella dando gritos, pero, antes de que lograra darle alcance, la infortunada fue alcanzada por el parachoques de la locomotora y derribada al suelo.
Un miembro del jurado. - ¿Vio usted caer a la señora?
Testigo. - Sí.


El sargento de la policía Croly declaró que cuando llegó al lugar del suceso encontró a la occisa tirada en la plataforma, aparentemente muerta. Hizo trasladar el cadáver al salón de espera, pendiente de la llegada de una ambulancia.
El gendarme 57 corroboró la declaración.


El doctor Halpin, segundo cirujano del Hospital Municipal de Dublín, declaró que la occisa tenía dos costillas fracturadas y había sufrido severas contusiones en el hombro derecho. Recibió una herida en el lado derecho de la cabeza a resultas de la caída. Las heridas no habrían podido causar la muerte de una persona normal. El deceso, según su opinión, se debió a un trauma y a un fallo cardíaco repentino.


El señor H. B. Patterson Finlay expresó, en nombre de la compañía de ferrocarriles, su más profunda pena por dicho accidente. La compañía, declaró, ha tomado siempre precauciones para impedir que los pasajeros crucen las vías si no es por los puentes, colocando al efecto anuncios en cada estación y también mediante el uso de barreras de resorte en los pasos a nivel. La difunta tenía por costumbre cruzar las líneas, tarde en la noche, de plataforma en plataforma, y en vista de las demás circunstancias del caso, declaró que eximía a los empleados del ferrocarril de toda responsabilidad.


El capitán Sinico, de Leoville, Sydney Parade, esposo de la occisa, también hizo su deposición. Declaró que la difunta era su esposa, que él no estaba en Dublín al momento del accidente, ya que había arribado esa misma mañana de Rótterdam. Llevaban veintidós años de casados y habían vivido felizmente hasta hace cosa de dos años, cuando su esposa comenzó a mostrarse destemplada en sus costumbres.


La señorita Mary Sinico dijo que últimamente su madre había adquirido el hábito de salir de noche a comprar bebidas espirituosas. Atestiguó que en repetidas ocasiones había intentado hacer entrar a su madre en razón, habiéndola inducido a que ingresara en la liga antialcohólica. La joven declaró no encontrarse en casa cuando ocurrió el accidente.


El jurado dio su veredicto de acuerdo con la evidencia médica y exoneró al mencionado Lennon de toda culpa.
El fiscal forense auxiliar dijo que se trataba de un triste caso y expresó su condolencia al capitán Sinico y a su hija. Urgió a la compañía ferroviaria a tomar todas las medidas a su alcance para prevenir la posibilidad de accidentes semejantes en el futuro. No se culpó a terceros.


El señor Duffy levantó la vista del periódico y miró por la ventana al melancólico paisaje. El río corría lento junto a la destilería y de cuando en cuando se veía una luz en una casa en la carretera a Lucan. ¡Qué fin! Toda la narración de su muerte lo asqueaba y lo asqueaba pensar que alguna vez le habló a ella de lo que tenía por más sagrado. Las frases deshilvanadas, las inanes expresiones de condolencia, las cautas palabras del periodista habían conseguido ocultar los detalles de una muerte común, vulgar, y esto le atacó al estómago. No era sólo que ella se hubiera degradado; lo degradaba a él también. Vio la escuálida ruta de su vicio miserable y maloliente. ¡Su alma gemela! Pensó en los trastabillantes derrelictos que veía llevando latas y botellas a que se las llenara el dependiente. ¡Por Dios, qué final! Era evidente que no estaba preparada para la vida, sin fuerza ni propósito como era, fácil presa del vicio: una de las ruinas sobre las que se erigían las civilizaciones. ¡Pero que hubiera caído tan bajo! ¿Sería posible que se hubiera engañado tanto en lo que a ella respectaba? Recordó los exabruptos de aquella noche y los interpretó en un sentido más riguroso que lo había hecho jamás. No tenía dificultad alguna en aprobar ahora el curso tomado.
Como la luz desfallecía y su memoria comenzó a divagar pensó que su mano tocaba la suya. La sorpresa que atacó primero su estómago comenzó a atacarle los nervios. Se puso el sobretodo y el sombrero con premura y salió. El aire frío lo recibió en el umbral; se le coló por las mangas del abrigo. Cuando llegó al pub del puente de Chapelizod entró y pidió un ponche caliente.


El propietario vino a servirle obsequioso, pero no se aventuró a dirigirle la palabra. Había cuatro o cinco obreros en el establecimiento discutiendo el valor de la hacienda de un señor del condado de Kildare. Bebían de sus grandes vasos a intervalos y fumaban, escupiendo al piso a menudo y en ocasiones barriendo el aserrín sobre los salivazos con sus botas pesadas. El señor Duffy se sentó en su banqueta y los miraba sin verlos ni oírlos. Se fueron después de un rato y él pidió otro ponche. Se sentó ante el vaso por mucho rato. El establecimiento estaba muy tranquilo. El propietario estaba tumbado sobre el mostrador leyendo el Herald y bostezando. De vez en cuando se oía un tranvía siseando por la desolada calzada.


Sentado allí, reviviendo su vida con ella y evocando alternativamente las dos imágenes con que la concebía ahora, se dio cuenta de que estaba muerta, que había dejado de existir, que se había vuelto un recuerdo. Empezó a sentirse desazonado. Se preguntó qué otra cosa pudo haber hecho. No podía haberla engañado haciéndole una comedia; no podía haber vivido con ella abiertamente. Hizo lo que creyó mejor. ¿Tenía él acaso la culpa? Ahora que se había ido ella para siempre entendió lo solitaria que debía haber sido su vida, sentada noche tras noche, sola, en aquel cuarto. Su vida sería igual de solitaria hasta que él también muriera, dejara de existir, se volviera un recuerdo -si es que alguien lo recordaba.


Eran más de las nueve cuando dejó el pub. La noche era fría y tenebrosa. Entró al parque por el primer portón y caminó bajo los árboles esmirriados. Caminó por los senderos yermos por donde habían andado cuatro años atrás. Por momentos creyó sentir su voz rozar su oído, su mano tocando la suya. Se detuvo a escuchar. ¿Por qué le había negado a ella la vida? ¿Por qué la condenó a muerte? Sintió que su existencia moral se hacía pedazos.


Cuando alcanzó la cresta de Magazine Hill se detuvo a mirar a lo largo del río y hacia Dublín, cuyas luces ardían rojizas y acogedoras en la noche helada. Miró colina abajo y, en la base, a la sombra del muro del parque, vio unas figuras caídas: parejas. Esos amores triviales y furtivos lo colmaban de desespero. Lo carcomía la rectitud de su vida; sentía que lo habían desterrado del festín de la vida. Un ser humano parecía haberlo amado y él le negó la felicidad y la vida: la sentenció a la ignominia y a morir de vergüenza. Sabía que las criaturas postradas allá abajo junto a la muralla lo observaban y deseaban que acabara de irse. Nadie lo quería; era un desterrado del festín de la vida. Volvió sus ojos al resplandor gris del río, serpeando hacia Dublín. Más allá del río vio un tren de carga serpeando hacia la estación de Kingsbridge, como un gusano de cabeza fogosa serpeando en la oscuridad, obstinado y laborioso. Lentamente se perdió de vista; pero todavía sonó en su oído el laborioso rumor de la locomotora repitiendo las sílabas de su nombre.
Regresó lentamente por donde había venido, el ritmo de la máquina golpeando en sus oídos. Comenzó a dudar de la realidad de lo que la memoria le decía. Se detuvo bajo un árbol a dejar que murieran aquellos ritmos. No podía sentirla en la oscuridad ni su voz podía rozar su oído. Esperó unos minutos, tratando de oír. No se oía nada: la noche era de un silencio perfecto. Escuchó de nuevo: perfectamente muda. Sintió que se había quedado solo.

 

 

James Joyce

 

 

 

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La pensión

 

 

La señora Mooney, hija de un carnicero, era lo que se dice una mujer resuelta; para arreglar sus cosas se bastaba y se sobraba sin dar un cuarto al pregonero. Casó con el dependiente principal de su padre y abrió una carnicería cerca de Spring Gardens. Pero no bien hubo muerto su suegro, el señor Mooney empezó a andar en malos pasos. Bebía, metía mano a la caja registradora del dinero y se entrampó hasta los ojos. De nada servía hacerle prometer enmienda: a los pocos días, infaliblemente, quebrantaba el solemne juramento. A fuerza de reñir con su mujer en presencia de los parroquianos y de comprar carne mala, terminó por arruinar el negocio. Una noche persiguió a su mujer con la cuchilla, y ella tuvo que dormir en casa de un vecino.


Desde entonces vivieron separados. La mujer acudió al cura y obtuvo una separación en regla con cargo de los hijos. No daba dinero al marido, ni alimento, ni morada; y así el hombre se vio obligado a entrar como oficial de justicia. Era un borrachín astroso, encorvado, de cara blanca y bigote blanco, y blancas cejas dibujadas sobre sus ojillos surcados de venas rojizas, ribeteados y tiernos; y se pasaba todo el santo día sentado en el cuarto del alguacil, en espera de que le encomendaran algún servicio. La señora Mooney, que se había llevado el dinero remanente tras la liquidación de la carnicería, instalando con ello una pensión en Hardwicke Street, era una mujer grande e imponente. Su casa albergaba una población flotante compuesta de turistas de Liverpool y de la isla de Man, y, de vez en cuando, artistas de vodevil. Su clientela con residencia fija se componía de empleados de oficinas y del comercio. La señora Mooney gobernaba la pensión con diplomacia y mano firme; sabía cuándo procedía dar crédito, actuar con severidad o hacer la vista gorda. Los residentes mozos, cuando hablaban de ella, la llamaban todos la Patrona.


Los jóvenes pupilos de la señora Mooney pagaban quince chelines semanales por la pensión completa (cerveza en las comidas aparte). Eran todos de los mismos gustos y ocupaciones, y por esta razón reinaba entre ellos franca camaradería. Discutían entre sí las probabilidades de sus caballos favoritos. Jack Mooney, el hijo de la Patrona, empleado con un agente comercial en Fleet Street, tenía reputación de ser un tipo difícil. Era aficionado a soltar obscenidades de cuartel, y por lo general llegaba a casa de madrugada. Cuando veía a sus amigos, siempre tenía alguna diablura que contarles, y siempre estaba seguro de hallarse sobre la pista de algo bueno: un caballo o una artista con posibilidades. También el boxeo se le daba de maravilla. Y las canciones cómicas. Las noches de los domingos solía haber reunión en la sala principal de la señora Mooney. Los artistas de vodevil participaban con gusto, y Sheridan tocaba valses y polkas e improvisaba acompañamientos. También solía cantar Polly Mooney, la hija de la señora. Cantaba:


Soy una... niña traviesa. No tienen por qué fingir: Ya saben que soy así.
Polly era una muchachita delgada, de diecinueve años; tenía el pelo rubio, delicado y suave, y una boca pequeña y rotunda. Sus ojos, grises con un tornasol verde, tenían el hábito de echar miraditas hacia arriba cuando hablaba con alguien, lo cual le daba el aspecto de una pequeña madonna perversa. La señora Mooney colocó en principio a su hija en la oficina de un tratante en granos, de mecanógrafa; mas como cierto oficial de justicia de pésima reputación diera en presentarse en el despacho un día sí y otro no rogando le permitieran hablar una palabra con su hija, la madre volvió a llevársela a casa y la puso a trabajar en las faenas domésticas. Como Polly era muy alegre y pizpireta, la intención era darle el gobierno de los pupilos jóvenes. Además, a los mozos les gusta sentir que ande una hembra moza no muy lejos. Polly, como es natural, flirteaba con los mancebos, pero la señora Mooney, juez perspicaz, sabía que los tales mancebos se lo tomaban sólo como pasatiempo: ninguno de ellos iba en serio. Así continuaron las cosas mucho tiempo, y la señora Mooney empezaba a pensar en mandar a Polly otra vez de mecanógrafa, cuando observó que entre su hija y uno de los jóvenes había algo. Vigiló a la pareja y no dijo esta boca es mía.


Polly sabía que la vigilaban; sin embargo, el persistente silencio de su madre no podía interpretarse erróneamente. No había existido complicidad manifiesta entre la madre y la hija, connivencia de ninguna clase; pero aunque los huéspedes empezaban a hablar del asunto, la señora Mooney continuaba sin intervenir. Polly empezó a volverse un poco rara en su comportamiento, y el joven, evidentemente, andaba desazonado. Por fin, cuando estimó que era el momento oportuno, la señora Mooney intervino. Contendió con los problemas morales como cuchilla con la carne; y en aquel caso concreto había tomado ya su decisión.


Era una luminosa mañana de principios de verano, prometedora de calor, mas con un soplo de brisa fresca. Todas las ventanas de la pensión estaban abiertas y las cortinas de encaje se inflaban suavemente hacia la calle bajo las vidrieras levantadas. Era domingo. El campanario de San Jorge repicaba sin cesar, y los fieles, solos o en grupos, cruzaban la pequeña glorieta que se extiende ante la iglesia, dejando ver de intento su propósito en el pío recogimiento con que iban no menos que en los libritos que llevaban en sus manos enguantadas. En la pensión habían terminado de desayunar, y aún estaban los platos en la mesa con amarillas rebañaduras de huevo, piltrafas y cortezas de tocino. La señora Mooney, sentada en el sillón de mimbre, vigilaba a la criada Mary que estaba retirando las cosas del desayuno. Le mandó recoger las cortezas y mendrugos de pan que servirían para hacer el budín del martes. Una vez despejada la mesa, recogidos los mendrugos, guardados bajo llave y candado el azúcar y la mantequilla, la dueña de la pensión se puso a reconstruir la entrevista que había tenido con Polly la noche de la víspera. Todo era, en efecto, como ella sospechaba: se había mostrado franca en sus preguntas, y Polly no lo había sido menos en sus respuestas. Las dos pasaron su apuro, desde luego. Ella por deseo de no recibir la noticia de una manera demasiado franca y desconsiderada, ni parecer que había hecho la vista gorda, y Polly no sólo porque las alusiones de ese género siempre se lo causaban, sino también porque no quería dar pie a la sospecha de que ella, en su sabia inocencia, había adivinado la intención oculta tras la tolerancia de su madre.


Cuando advirtió, en su ensimismamiento, que las campanas de San Jorge habían dejado de tocar, la señora Mooney echó una mirada instintiva al relojito dorado que había sobre la repisa de la chimenea. Pasaban diecisiete minutos de las once: tenía tiempo más que de sobra de solventar el asunto con el señor Doran y plantarse antes de las doce en la calle Marlborough. Estaba segura de su triunfo. Para empezar, tenía de su parte todo el peso de la opinión social: era una madre agraviada. Había permitido al seductor vivir bajo su techo, dando por supuesto que era hombre de honor, y él había abusado de su hospitalidad. Tenía treinta y cuatro o treinta y cinco años, de modo que no podía alegarse como excusa la irreflexión de la juventud; tampoco podía ser disculpa la ignorancia, ya que era hombre con sobrado conocimiento del mundo. Sencillamente se había aprovechado de la juventud y la inexperiencia de Polly; eso era evidente. ¿Qué reparación estaría dispuesto a hacer? He aquí el problema.


En tales casos se debe siempre una reparación. Para el varón todo marcha sobre ruedas: puede largarse tan fresco, después de haberse holgado, como si no hubiera ocurrido nada, pero la chica tiene que pagar el precio. Algunas madres se avenían a componendas mediante sumas de dinero; había conocido casos. Pero ella no haría tal cosa. Para ella, por la pérdida de la honra de su hija sólo cabía una reparación: el matrimonio.


Repasó de nuevo todas sus cartas antes de enviar a Mary arriba, al cuarto del señor Doran, a decir que deseaba hablar con él. Estaba segura de su triunfo. Él era un joven serio, no un libertino ni un escandaloso como los otros. Si se hubiera tratado del señor Sheridan o del señor Meade o de Bantam Lyons, su tarea habría sido mucho más ardua. No creía ella que Doran arrostrase la divulgación del caso. Todos los huéspedes de la pensión sabían algo del asunto; algunos hasta habían inventado pormenores. Además, llevaba trece años empleado en la oficina de un comerciante en vinos, católico cien por cien, y la divulgación tal vez significara para él la pérdida del empleo. Mientras que si se avenía a razones, todo podría ser para bien. Sabía ella que el galán cobraba un buen sueldo, y por otra parte sospechaba que debía de tener un buen pico ahorrado.


¡Casi la media hora! Se levantó y se miró en el espejo de luna. La expresión resuelta de su rostro grande y rubicundo la satisfizo, y pensó en algunas madres conocidas suyas incapaces de quitarse a sus hijas de encima.
El señor Doran estaba en realidad muy nervioso aquel domingo por la mañana. Había intentado por dos veces afeitarse, pero tenía el pulso tan inseguro que se vio obligado a desistir. Una barba rojiza de tres días orlaba sus mandíbulas, y cada dos o tres minutos se le empañaban los lentes, de suerte que tenía que quitárselos y limpiarlos con el pañuelo. El recuerdo de su confesión de la pasada noche le causaba profunda congoja; el cura le había sonsacado hasta el último detalle ridículo del asunto, y al final había exagerado tanto su pecado que casi daba gracias que se le concediera un respiradero, una posibilidad de reparación. El daño estaba hecho. ¿Qué podría hacer él ahora sino casarse con la chica o huir de la ciudad? No iba a tener la desfachatez de negar su culpa. Era seguro que se hablaría del caso, y sin duda alguna llegaría a oídos de su patrón. Dublín es una ciudad tan pequeña..., todo el mundo está informado de los asuntos de los demás. En su excitada imaginación oyó al viejo señor Leonard que con su bronca voz ordenaba: «Que venga el señor Doran, por favor», y sólo de pensarlo le dio un vuelco tan grande el corazón que casi se le sale por la boca.


¡Todos sus largos años de servicio para nada! ¡Sus trabajos y afanes malogrados! De joven la había corrido en grande, por supuesto; había blasonado de librepensador y negado la existencia de Dios en las tabernas ante sus compañeros. Mas todo eso pertenecía al pasado; había concluido totalmente... o casi totalmente. Todavía compraba el Reynolds's Newspaper cada semana, pero cumplía con sus deberes religiosos y durante nueve décimas partes del año llevaba una vida metódica y ordenada. Tenía dinero suficiente para tomar estado; no se trataba de eso. Pero la familia miraría a la chica con menosprecio. Estaba primero la pésima reputación de su padre, y por si fuera poco, la pensión de su madre empezaba a adquirir cierta fama. Tenía sus barruntos de que le habían cazado. Imaginaba a sus amigos hablando del asunto y riéndose. Ella era un poquillo vulgar; a veces decía «haiga» y «hubieron». ¿Mas qué importaba la gramática si él la quería? No podía decidir si apreciarla o despreciarla por lo que había hecho. Naturalmente él lo había hecho también. Su instinto le impelía a permanecer libre, a no casarse. Una vez que uno se casa es el fin, le decía.


Estaba sentado al borde de la cama, en camisa y pantalones, inerme ante la fatalidad que lo abrumaba, cuando ella dio unos golpecitos en su puerta y entró en la habitación. La muchacha se lo dijo todo, que había confesado los hechos a su madre desde la A hasta la Z, y que su madre hablaría con él esa misma mañana. Rompió a llorar y le echó los brazos al cuello, diciendo:


-¡Oh, Bob! ¡Bob! ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?
Terminaría de una vez con su existencia, dijo.
Él la consoló débilmente, diciéndole que no llorara, que todo se arreglaría, que no había que temer. Sintió la agitación del pecho femenino contra su camisa.


No fue del todo culpa suya que el hecho sucediera. Recordaba, con la singular y paciente memoria del soltero, los primeros roces fortuitos de su vestido, su aliento, sus dedos, que habían sido como caricias para él. Luego, una noche, ya avanzada la hora, cuando se desvestía para acostarse, la joven dio unos tímidos golpecitos a su puerta. Quería encender su vela en la de él, pues una corriente de aire se la había apagado. Se había bañado esa noche, y llevaba un peinador suelto y abierto de franela estampada. Su blanco empeine relucía en la abertura de sus zapatillas de piel, y bajo su epidermis perfumada bullía cálida la sangre. También de sus manos y de sus muñecas, mientras encendía la vela, se desprendía un delicado aroma.


Cuando volvía tarde por las noches, era ella quien le calentaba la cena. Apenas si se daba cuenta de lo que comía, sintiéndola tan cerca, a solas y de noche, mientras todos dormían. ¡Y lo solícita que se mostraba! Si la noche era fría, o húmeda, o borrascosa, sin dudas habría allí un vasito de ponche preparado para él. Tal vez pudieran ser felices juntos...
Solían subir la escalera de puntillas, cada cual con una vela, y en el tercer rellano se daban muy a disgusto las buenas noches. Tomaron la costumbre de besarse. Recordaba bien sus ojos, el contacto de su mano, el delirio en que aquello terminó por precipitarlo...
Pero el delirio pasa. Se hizo eco ahora de la frase de ella: «¿Qué voy a hacer?» Su instinto de célibe le advertía que no se comprometiese. Pero el pecado allí estaba; su propio sentido del honor le decía que por tal pecado debía efectuarse una reparación.


Sentado así con ella en el borde de la cama, apareció Mary en la puerta y dijo que la patrona quería verlo en la sala. Se levantó para ponerse el chaleco y la chaqueta, más desamparado que nunca. Una vez vestido, se acercó a ella para consolarla. Todo se arreglaría, no había que temer. La dejó llorando en la cama y gimiendo débilmente: «¡Oh, Dios mío!»


Cuando bajaba por la escalera se le empañaron de tal forma los lentes que tuvo que quitárselos y limpiarlos. Hubiera querido salir por el tejado y volar lejos, a otro país donde jamás volviera a saber nada de aquel lío, y sin embargo una fuerza lo empujaba escalera abajo, peldaño por peldaño.


Las caras implacables de su patrón y de la señora parecían mirarlo inquisitivas, en su frustración y desconcierto. En el último tramo de escaleras se cruzó con Jack Mooney que subía de la despensa con dos botellas de cerveza amorosamente abrazadas. Se saludaron con frialdad, y los ojos del galán se detuvieron un par de segundos en una recia fisonomía de perro de presa y dos brazos cortos y vigorosos. Al llegar al pie de la escalera, echó una furtiva ojeada hacia arriba y vio a Jack mirándolo desde la puerta del recibimiento.


Entonces recordó la noche en que uno de los artistas de vodevil, cierto rubio londinense, hizo una alusión a Polly bastante desenfadada. La reunión casi terminó de mala manera debido a la violenta reacción de Jack. Todos se extremaron por aplacarle. El artista de vodevil, un poco más pálido que de costumbre, no hacía más que sonreír y repetir que no lo había dicho con mala intención. Pero Jack no hacía más que gritarle que si cualquier individuo intentaba llevar adelante tales devaneos con su hermana, por su alma que le iba a hacer tragarse las muelas, como lo estaban oyendo.


***


Polly continuó un rato sentada en el borde de la cama, llorando. Luego se enjugó los ojos y se acercó al espejo. Mojó la punta de la toalla en el jarro del lavabo y se refrescó los ojos con el agua fría. Se miró en el espejo de perfil y se ajustó una horquilla en el pelo por encima de la oreja. Luego volvió a la cama y se sentó a los pies. Miró un largo rato las almohadas, y esta contemplación suscitó en su ánimo secretos y dulces recuerdos. Apoyó la nuca en el frío barandal metálico de la cama y se abandonó a sus ensueños. Toda perturbación visible había desaparecido de su rostro.


Siguió esperando paciente, casi alegremente, sin sobresalto, dejando que sus recuerdos dieran paso poco a poco a esperanzas y visiones del futuro. Tan intrincadas eran estas esperanzas y visiones que ya no veía las almohadas blancas donde tenía fija la mirada ni recordaba que estaba esperando algo.


Por fin oyó a su madre que la llamaba. Se puso de pie automáticamente y corrió al pasamano de la escalera.
-¡Polly! ¡Polly!
-Aquí estoy, mamá.
-Baja, hija mía. El señor Doran quiere hablar contigo.
Entonces recordó lo que estaba esperando.

 

James Joyce.

 

 

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James Joyce. Novelista y poeta irlandés cuya agudeza psicológica e innovadoras técnicas literarias expresadas en su novela épica Ulises le convierten en uno de los escritores más importantes del siglo XX. Joyce nació en Dublín el 2 de febrero de 1882. Hijo de un funcionario acosado por la pobreza, estudió con los jesuitas, y en la Universidad de Dublin. Educado en la fe católica, rompió con la Iglesia mientras estudiaba en la universidad. En 1904 abandonó Dublín con Nora Barnacle, una camarera con la que acabaría casándose. Vivieron con sus dos hijos en Trieste, París y Zürich con los escasos recursos proporcionados por su trabajo como profesor particular de inglés y con los préstamos de algunos conocidos. En 1907 Joyce sufrió su primer ataque de iritis, grave enfermedad de los ojos que casi le llevó a la ceguera.

Siendo estudiante universitario, Joyce logró su primer éxito literario poco después de cumplir 18 años con un artículo, 'El nuevo drama de Ibsen', publicado en la revista Fortnightly Review de Londres. Su primer libro, Música de Cámara (1907), contiene 36 poemas de amor, muy elaborados, que reflejan la influencia de la poesía lírica isabelina y los poetas líricos ingleses de finales del siglo XIX. En su segunda obra, un libro de 15 cuentos titulado Dublineses (1914), narra episodios críticos de la infancia y la adolescencia, de la familia y la vida pública de Dublín. Estos cuentos fueron encargados para su publicación por una revista de granjeros, The Irish Homestead, pero el director decidió que la obra de Joyce no era adecuada para sus lectores. Su primera novela, Retrato del artista adolescente (1916), muy autobiográfica, recrea su juventud y vida familiar en la historia de su protagonista, Stephen Dedalus. Incapaz de conseguir un editor inglés para la novela, fue su mecenas, Harriet Shaw Weaver, directora de la revista Egoist, quien la publicó por su cuenta, imprimiéndola en Estados Unidos. En esta obra, Joyce utilizó ampliamente el monólogo interior, recurso literario que plasma todos los pensamientos, sentimientos y sensaciones de un personaje con un realismo psicológico escrupuloso. También de esta época data su obra de teatro Exiliados (1918).

Joyce alcanzó fama internacional en 1922 con la publicación de Ulises, una novela cuya idea principal se basa en la Odisea de Homero y que abarca un periodo de 24 horas en las vidas de Leopold Bloom, un judío irlandés, y de Stephen Dedalus, y cuyo clímax se produce al encontrarse ambos personajes. El tema principal de la novela gira en torno a la búsqueda simbólica de un hijo por parte de Bloom y a la conciencia emergente de Dedalus de dedicarse a la escritura. En Ulises, Joyce lleva aún más lejos la técnica del monólogo interior, como medio extraordinario para retratar a los personajes, combinándolo con el empleo del mimetismo oral y la parodia de los estilos literarios como método narrativo global. La revista estadounidense Little Review empezó en 1918 a publicar los capítulos del libro hasta que fue prohibido en 1920. Se publicó en París en 1922. Finnegans Wake (1939), su última y más compleja obra, es un intento de encarnar en la ficción una teoría cíclica de la historia. La novela está escrita en forma de una serie ininterrumpida de sueños que tienen lugar durante una noche en la vida del personaje Humphrey Chimpden Earwicker. Simbolizando a toda la humanidad, Earwicker, su familia y sus conocidos se mezclan, como los personajes oníricos, unos con otros y con diversas figuras históricas y míticas. Con Finnegans Wake, Joyce llevó su experimentación lingüística al límite, escribiendo en un lenguaje que combina el inglés con palabras procedentes de varios idiomas.

Las otras obras publicadas son dos libros de poesía, Poemas, manzanas (1927) y Collected Poems (1936). Stephen, el héroe, publicada en 1944, es una primera versión de Retrato. Además, en 1968, su biógrafo Richard Ellman publicó un original inédito Giacomo, pequeña obra considerada el antecedente del Ulises. Joyce empleaba símbolos para expresar lo que llamó 'epifanía', la revelación de ciertas cualidades interiores. De esta manera, sus primeros escritos describen desde dentro modos individuales y personajes, así como las dificultades de Irlanda y del artista irlandés a comienzos del siglo XX. Las dos últimas obras, Ulises y Finnegans Wake, muestran a sus personajes en toda su complejidad de artistas y amantes desde diversos aspectos de sus relaciones familiares. Al emplear técnicas experimentales para comunicar la naturaleza esencial de las situaciones reales, Joyce combinó las tradiciones literarias del realismo, el naturalismo y el simbolismo plasmándolos en un estilo y una técnica únicos. Después de vivir veinte años en París, cuando los alemanes invadieron Francia al principio de la II Guerra Mundial, Joyce se trasladó a Zürich, donde murió el 13 de enero de 1941.

 

 

 

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